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Llegados á las ruinas, el pastor manifestó al penitente cná! era, á su juicio, el lugar de ellos que debía elegir para albergue de la primera noche, y anuncióle que á la siguiente mañana subiría á partir C 071 él las frugales provisiones que le entregaban en el pueblo. ¡Qué hermosa noche aquella noche primera que pasó Enrique entre las ruinas! Un e. strellado cielo le miraba como prometiéndole inefables delicias, y un augusto silencio le envolvía como si la naturaleza esperara escuchar de nuevo la palabra del Creador. Al mediar la siguiente mañana subió Juan el pastor, según su promesa, y halló á Enrique entretenido en construir una rústica cruz. Partieron después las provisiones del zurrón, pan moreno y queso ciuro y ahumado, -hablaron largamente de cosas de lo alto, procurando Palatino explicar, con frases sencillas y vivas imágenes, los más hondos misterios y los sentimientos más íntimos que llenan nuestra existencia. No siempre conseguía Juan entenderlas frases de Enrique; pero las creencias casi inconscientes de su niñez, su buen natural y, sobre todo, la limpieza de su alma, le ayudaban para ser fácilmente doctrinado. Y como un día explicara Palatino á Juan que para seguir á Jesús es necesario dejarlo todo, al siguiente volvió el pastor con la nueva de que se había despedido de su amo, entregándole el hato de ovejas, que era lo tínico de q u e p o día disponer aún bajo el mandato de su verdadero dueño. Quedóse, pues, á vivir en compañía de Enrique, con la cer teza de C ue no faltaría otro pastor q u e con los dos partiera sits provisiones. P a l a t i n o reciy S -íg bióle con júbilo, admirando su fe y orgulloso de su conversión, tanto más cuanto que Si. y a su espíritu iba i; i íj- v necesitando q u e algalien le sostuviera en el camino del cielo, pues había días en que le r o d e a b a n las tinieblas y le cont u r b a b a n extrañas zozobras. Sí; Enricjue iba notando con terror ¿que el ansia de placeres, que juzgaba mherta en su i. taba de vez en cuando su voz de sirena, 3- que el recuerdo de las sensaciones gozadas, de los amores pasados, de las orgías pretérita. s, en vez de ¿l! k repugnarle como antaño, le dejaban dulzura de miel en el alma. ííostigóle después la idea de contarle con prolijidad malsana sus anteriores pecados, de tal modo Cjue sus palabras fueran más incentivo á la pasión cjue ejemplaridad de las culpas, y para decirlo con una sola palabra, Palatino se confesó al fin con lágrimas en los ojos el fracaso de su renacimiento moral, y tuvo espanto de arrastrar en la caída al propio ser infeliz cuya pureza de alma tan firmemente señahxba el cielo. Luclu) lloró, demandó fuerzas á la oración, quiso quebrantar el deseo con la penitencia, con el ayuno, con el hambre misma; todo fué inútil; el mundo le atraía de nuevo; la tentación del placer le daba voces en las entrañas. Y como Juan le veía redoblar sus mortificaciones, extremar sus ayunos y sus penitencias, ignorando la terrible revolución que en el espíritu de Palatino se operaba, teníale j- a j) or elegido del Señor, y la santidad de línrique le parecía inconcusa. Sosteniendo lucha tan desesperada consigo mismo, pasó el infeliz joven los primeros días de Octubre; seguro 3 a de su perdición, resolvió huir una noche para no contaminar á J u a n de la peste de su alma. Antes de que apuntara la luz del alba abandonó las ruinas; miró, á punto de partir, hacia el sitio donde el pastor dormía sobre un lecho de ramaje, le pareció que un círculo luminoso rodeaba su cabeza Ahogando sollozos y vertiendo llanto salió al fin del íüberguc de la penitencia, y despeñándose por la sierra llegó como un loco á la ciudad, y al día siguiente se encaminó á Madrid, donde sus camaradas de placer le recibieron con intenso júbilo Al despertarse el pastor extrañóle no ver en oración, como de costumbre, á Ivnriqne; salió á buscarle por las fragosidades de la sierra, llamándole con desesperadas voces. Tornó al fin á las ruinas cuan d! a. el sol iba ca 3- endo, y encontrando en ellas el tomo del Kempis, del cual nunca se desposeía Enricjuc, exclan. ió con la grandeza de fe propia de las almas sencillas: ¡Xo me ha abandonado por su voluntad; era tan bueno, que mienti as vo dormía se lo llevaron los ángeles: m h J O S É DIC R O U R E