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ni aba el canóiiígo) despertaba en él aquel horror á la humanidad que le obligara á huir de Madrid, y 310 ciertamente porque el sacerdote le contradijera en todo, segiin su costumbre, pues, como había observado con admiración doña Braulia, tan sólo una vez le llevó la contraria, y en cosa de tan poca monta como el color del pelo de Enrique, pelo que éste había creído siempre negro; y una vez que lo calificó así incidentalmente delante de don Martín, el canónigo sostuvo con gran copia de razones y avasalladora fuerza dialéctica que era rubio. Huyendo, pues, de su casa por evitar el trato de don Martín, que casi vivía en ella, dedicóse Palatino á dar graades paseos por los alrededores de la ciudad, llevándose de compañero un tomo del Kempi, s, que su previsora y espiritual tía doña Filo le había dejado sobre la mesa de noche. Enrique leía á ratos y paseaba otros, haciendo con su lectura mística lo que los agüistas con e! líquido medicinal que ha de limpiarles de humores el cuerpo, y tan probado es el procedimiento, que á los pocos días de pasear el admirable libro, ó mejor dicho, sus sabias pero tristes enseñanzas. Palatino sintió despertarse hondamente en su alma aquel sutil aliento místico que todos los españoles llevamos iti. su- flado en el espíritu, aliento que unas veces es brisa y alza suave rumor de candorosos versos, y otras huracán y produce estrépito de guerras civiles. Allá, hacia poniente de la ciudad y como á tres ó cuatro leguas de su perímetro, dibujábase, á modo de enorme cetáceo, el dorso gigante de la sierra de Anaya, en una de cuyas estribaciones se veían blanquear los restos de un convento arruinado. Enrique, más convencido c ue nunca, merced á la lectura del Kempis, de la vanidad de las cosas humanas, contemplaba al ponerse el sol el espléndido perfil de la sierra, coronado de un nimbo luminoso, y el alma se le iba hacia aoj uellas fragosas soledades, en las cuales podría saciar la ardiente sed espiritual que le causaba la dicha de su fe rediviva. Una semana estuvo dudando, pesaroso del dolor que la aventura produjera á sus tías, pero al fin la soledad de la sierra le atrajo invenciblemente, prometiéndole inefables coloquios con el cielo, y Palatino partió á hacer vida penitente, dejando á sus tías una carta en la cual, sin confiarlas el lugar de su retiro, las prom. etía volver cuando su espíritu hubiera sanado del todo. III Largo tiempo anduvo perdido entre los espeses jarales de la sierra sin encontrar las ruinas del convento en las cuales pensaba albergarse, al menos durante los primeros días de meditación y penitencia. Cerraba ya la noche, una noche espléndida de estío plateada por la luz de la luna, y desesperado Enrique de alcanzar ya las deseadas ruinas, allanábase á pernoctar en una suave ladera que formaba á modo de un vallecillo con un arroyuelo por medio, cuando oyó balidos de ovejas, y á poco se destacaron en las sombras del anochecer las manchas blancas de sus lanas. Encaminóse Palatino hacia donde se veía el rebaño, confiando en que éste tendría un pastor que pudiera indicarle la dirección de las ruinas, y con efecto, pasando por entre las asustadas ovejas, dio con el zagalón que las guardaba, mozo cotuo de dieciocho á veinte años, á qrrien en aquellas soledades y vesjDertina hora se le debió de antojar Enrique errante alma del otro mundo. Preguntóle el penitente joven por el camino de las ruinas, y el pastor tardó en contestarle, turbado por el efecto que en su alma sencilla produjo el súbito é inesperado encuentro. Por fin le dijo que le acompañaría hacia las ruinas, pues le era más fácil guiarle que no decirle por qué vericuetos había de pasar h a s t a encontrarlas. Y según iban de camino, ¿Cómo te llamas? -le p r e g u n t ó Enrique al pastor. 0 -Me l i a m o Juan. ¿Qué, s a b e s leer? -Muy poco. ¿Y rezar? Vf -Toma, eso, mejor ó peor, lo sabe todo el mundo. H- t. Y usted ¿quién es? -Yo- -contestó Palatino turbándose, -yo soy un pecador arrepentido, i ¿Y qué va usted á hacer en las ruinas? -Me voy á quedar á v i v i r en ellas. ¿A vivir? Pero si eu toda esta sierra no vive nadie- -Por eso. Necesito la soledad para que se purifique mi alma y Dios me perdone mis muchos pecados. -Entonces ¿usted quiere ser santo? Enriqtre no respondió, y caminaron en silencio largo rato. Juan se acordaba de haber oído de niño que en una de las montañas que alzaba su ingente inole hacia el Norte de la sierra vivía un solitario, el cual practicaba grandes penitencias, alimentándose con lo que le llevaban los pastores, y de quien proclamaba la gente que un día figuraría en los altares. No le sorprendió, pues, la repetición del caso, porcjue en su espíritu de extrema sencillez una idea quedaba de asiento para toda la vida. Lo que hizo fué contemplar desde entonces á Enrique con respetuosa admiración, como hombre que va camino del cielo, mirando también como cosa santa el libro que Palatijip llevaba por todo equipaje, el Kempis.