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r- 1 í. íV Tf 1 í- 4 irn Vr LA CONVERSIÓN DE ENRIQUE PALATINO huiro de placeres, extenuado de cuerpo, decaído de espíritu, salió Enrique Palatino d é l a corte con dii ección á su ciudad natal, al anochecer de un hermoso día de Junio. Apenas se puso el tren en marcha, Enrique, que llevaba el rostro casi adosado al cristal de la ventanilla, exhaló un tenue gemido y e. strenreciéndose pensó: ¿Volveré á Madrid alguna vez? y re. sponcliéndose á su interior interrog- ación, dijo en voz alta: ¿A Madrid? ¡No! ¡Quiero nioi- ir donde no vea á nadie! Y en su rostro exangüe se dibujó una mueca de asco. Enrique Palatino liabía vivido dema. siado de prisa y apurado atropelladamente todas las sensaciones que parecen goces. Huérfano de padres casi desde la infancia, rico, robusto, independiente, sin pena que le sujetase ni capricho que no sati. sficiere, Palatino, de deseo en deseo, tan pronto nacidos como logrados, fué cayendo, cayendo á esa abyección moral que nos produce un hondo cansancio de nosotros mismos y un desprecio á veces compasivo y á veces agrio hacia los demás, cansancio y des 3 recio que se traducen al fin en una constante angustia de asco espiritual, infinitamente más amarga é insoportable que la angustia del asco fisiológico. Aquel avaro un día de placeres, llegó á temerlos como á enemigos, desasogándosele hasta el rumor ó el eco de los goces de los demás, y muchas veces pensaba cjue la única delicia grata ya á su desolado espíritu sería la de cjue su cuerpo se convirtiera, petrificándose de pronto, en una de esas estatuas yacentes que se ven sobre las tumbas labradas en los silenciosos claustros de las catedrales, y cpie el tiempo fuese resbalando sobre su marmóreo cuerpo, sin producir el ruido más leve ni la más leve sensación. Enrique Palatino lleg ó en las primeras horas de la mañana siguiente á su ciudad natal. II Sus dos tías, doíía Eilo y doña Braulia, de edad provecta las dos, y solteras ambas, le recibieron con los brazos abiertos. Mejor dicho, de ese modo le recibió tínicamente doña Bi aulia, pues á dona Eilo el ascetismo de su carácter, complicado con un acceso de reuma, le impedía abrir los brazos ni aun para estrechar entre ellos á su sobrino. La casa que ambas señoras habitaban era propiedad de Enrique, quien se la cedía muj gustoso para que en ella fueran pasando sus liltimos y tranqu. ilos años aquellas dos hermanas de su padre, que con él constituían todo lo que cj uedaba de la familia Palatino, muy traída y llevada con elogio antaño en las historias de la región. Así como le vieron á Enrique sus dos tías, ambas reflexionaron: viene enfermo pero doña ISraulia, que era la que gobernaba la casa, pensó: Con buenos caldos, buenos pollos y buen vino, te sano yo en dos semanas y doña Eilo, notable por su devoción y su naturaleza espiritual, dijo: Hay que curar esa alma con el beneficio de la oración y de las santas lecturas. De esta suerte, doña Braulia se encargó del cuerpo de Enrique y doña P ilo de su alma, teniendo razón para su duplicidad de curas la doctora corporal y la del espíritu, porque en la persona de Palatino, si la materia no andaba bien, lo otro andaba peor. Y mientras las cacerolas de doña Braulia y los libros místicos de doña Eilo se disponían á entrar en campaña, Enrique sentíase en aquella casa silenciosa, tranquilla y piücra, como si hubiera caído en el fondo de un remanso despu. és de beberse una porción de opio, hallándose tan insensible y aletargado, C ue si aquello no era el estado c ue Palatino hubo deseado tantas veces, se le acercaba muchísimo. Esto ocurrió los tres ó cuatro primeros días, pues al quinto despertó sobresaltado línrique, notando con verdadero terror que un señor canónigo, asiduo visitante de la casa y hombre santo del todo si no tuviera el defecto de la contradicción, le removía en el alma aquellas heces de asco espiritual que tanto le habían amargado la vida. El señor canónigo merecía la confianza y aun la estimación de doña Braulia como experto conocedor de todos los guisos clásicos, siendo su opinión en materia culinaria apreciadísima dentro y fuera del obispado, y al propio tiempo captábase la admiración de doña Filo como habilísimo teólogo y catador de casos de conciencia. Y á pesar de reconocer Enrique todos sus méritos y todas sus virtudes, don Martín (que así S J Ha-