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gro. Sin pararse á considerar lo fatigado que estaba, ni lo que pesaría aquel marmóreo animal, AbúZakún se acercó al pedestal, agarró al toro por el cuarto trasero y se lo acomodó lo mejor que supo sobre los hombros. Aquella segunda prueba era más dura que la primera, no sólo por ser la segunda, sino porque para llevarla á cabo era necesario grandísimo vigor físico, unido á una gran paciencia. Pronto comprendió Abú- Zakún lo difícil que era moverse y subir cuestas con el enorme peso y la disforme balumba del toro. las como tenía fe en sí mismo, tomó la cosa con calma, y muy paso á paso, sin descansar, pero sin causarse en repentinos esfuerzos, tardó siete horas en llegar á la cumbre de la montaña. Poco le faltaba para desesperar del todo, cuando se vio rodeado de una manada de leones que, en vez de lanzarse sobre él para devorarle, le rendían homenaje arrodillándose á sus j lantas y azotando el suelo con sus grandes colas, como hace el perro cuando ve acercarse al amo. Conducía á los leones, cj ue eran mansos, un negro gigante, quien acercándose en silencio á Abú- Zakún, le quitó de los hombros el toro blanco, y manejándolo como si fuese un juguete, le dejó sobre otro magnífico pedestal de jaspe rosa. Luego, el negro cogió á Abú- Zakún en sus brazos y sumergió su acardenalado y sudoroso cuerpo en un perfumado baño que había bajo el pedestal del toro. Después le amasó, le secó, le sirvió magníficas vestiduras persas, y llevándole respetuosamente la cola, le indicó con el dedo el sitio adonde debían dirigirse. Los leones se abrieron en dos filas al paso del maravillado Abú- Zakún, quien pronto se vio cercado por el más lujoso cortejo de caballeros y damas que en su vida había podido soñar. Todos iban á caballo ó montados en camellos, dromedarios y elefantes, y las damas en preciosos palanquines; pero todos, al divisar á Abú- Zakún, descendieron á tierra y se prosternaron ante él, gritando A tó ó cantando á coro: Este es el enviado. Este es el hombre de fe inquebrantable. Este es nuestro monarca, el señor de Hiraz y Chiraz. Luego, todos le besaron el pie; de- spués, los sacerdotes le ungieron, y por úIti ¡no, entró triunfalmente en la ciudad, que era tan hermosa como Babilonia en los tiempos pasados ó como Samarcanda en los modernos. El regocijo fué universal, pues se había conseguido, por fin, lo que en vano se buscaba desde tantos años: un soberano enérgico, valiente y que tuviera fe en sí mismo. Pronto se vio que los sabios se habían equivocado una vez más. Abú- Zakún no servía para el gobierno. Fiado exclusivamente en sí mismo, lleno de soberbia por las hazañas que le habían llevado al trono, se hizo un odioso tirano. Un año se había cumplido desde que le ungieron los sacerdotes, y Abú- Zakún quiso celebrar el aniversario con gran pompa, subiendo á la montaña. De pésimo talante le seguían sus subditos y subditas, y muchos se excusaron de ir. Los leones gruñían. Al lleg ar á la cumbre, Abú- Zakún oyó algún rumor desfavorable. Furioso, mandó á los sicarios que le acompañaban que azotasen á todos, damas y caballeros, los que estaban hacia el sitio donde el ruido sonó. Ya los sicarios alzaban los látigos, cuando, sin que el gigante negro los pudiera sujetar, los leones, fieros de repente, se lanzaron sobre el monarca, el cual no supo más que esconderse debajo del toro; pero no bien lo había hecho, cuando eí toro gravitó sobre sus hombros, ya nniy debilitados por la molicie y los placeres, y sin que Abú- Zakún pudiera remediarlo, le hizo bajar dando tumbos, más muerto que vivo, hasta la orilla del canal, y le empujó al agua rápida y profunda. Agotadas las fuerzas y perdida la confianza en sí mismo, el infortunado Abú- Zakún fué arrastrado por la furiosa corriente. Al fin y al cabo, las aguas le arrojaron muerto á la otra orilla. Junto á ella estaba filosofando, de vuelta de su viaje, el prudente Abú- Jilián, quien al ver venir el cadáver al punto le reconoció como el de su temerario amigo. Las vestiduras regias en que venía envuelto, aunque rotas y embarradas, dieron á entender á Abú- Jilián casi todo- lo ocurrido. Meditó largo rato sobre lo inútil de los afanes y ambiciones del mundo; cavó una sepultura en la arena; enterró en ella el cuerpo de Abú- Zakún; rezó una plegaria, y se fué á dormir otra vez la siesta bajo los cipreses. LEÍIA: DIBU. IOS OE M É N D E Z B R I N C A (KÚiMEliü KAF FANTÁSTICOS) 33 ÜE N U E é T K O CONÍvL ilriO LIE C U E N T O S