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-Reparad que es tarde. -Y mi marido me espera; tenéis razón- -murmuró atropelladamente la dama, llevándose las manos á la cabeza con tan mala fortuna, que cayendo en aquel momento el capuchón de raso que la cubría y desprendiéndose de su rostro el antifaz, dejó admirar un óvalo perfecto de asombrosa tílancura coronado por espléndidos cabellos castaños, y en que sobre las demás perfecciones deslumbraban dos ojos de color indefinible, que reunían la seducción de los negros al encanto de los azules. ¡iMadame de Etioles! -exclamó con ira el ilustre protector de la tímida Diana. -Mi ninfa de Senart, repitió el monarca, embelesado ante aqrrella fisonomía, verdadera encarnación de la gracia femenina, en que todo era vida, movilidad; en que el alma de la mujer se hacía presente á cada momento, renovándose sin cesar y mostrando en una misma sonrisa la ternura seria ó imperiosa de la enamorada, la nobleza de la señora y las picardías de la coqueta. Kscapóse un grito de labios de la dama al ver se reconocida, y sujetando la falda, echó á correr en dirección á la puerta, no sin Cjue al mismo tiempo se desprendiera de sus manos el riquísimo pañuelo de encajes con cjue jugueteaba, 5 fuese rodando hasta los pies de I ris XV, quien con movimiento rapidísimo apresuróse á cogerlo y lanzarlo por los aires en dirección de la bella fugitiva. c mouchoir cí, t jeté, -murmuraron unos á otros los cortesanos, sonriendo picarescamente. -Le monchoir est jeté, le mouchoír esl jeté, -repitió la multitud entre escandalizada complacida. -Lcmoíic ioiresljeié, -suspiraron desconsoladas las bellezas de la corte, presintiendo el nuevo reinado de un nuevo astro que había de dictarles con irresistible despotismo las leyes soljre el gusto y la elegancia. Y entre tantas personas agitadas por di. stintos sentimientos, pero todas alegres, bulliciosas, inconscientes, dispuestas á pasar de la vida á la muerte entre una reverencia y una carcajada, sólo una permaneció silenciosa, triste, viendo alejarse la brillante comitiva del bien amado. Era nn caballero de noble continente y porte altivo, auncpie de pequeña estatura de facciones irregulares, que en aquel momento se contraían violentamente, como queriendo ocultar su emoción. No pudiendo conseguirlo, disponíase á cubrirse con el antifaz, cuando tres petimetres, ocultos l) ajo enormes cabezorros 3 cubiertos de encajes 3- cintas, le rodearon, saludándole por su nombre 3 aturdiéndole á fuerza de cumplimientos 3- -agasajos. -Encantadora, encantadora la reina del baile. Nunca se ha visto un triunfo parecido, -repetían en divensos tonos los cortesanos, esforzándose por hacer sonreír al caballero. -Se asegura- -exclamó uno de los jóvenes- -que S. JM. piensa conceder á madanie de lítioles el taburete de dama de la reina, 3 cjue no pasará mucho tiempo sin que la veamos marcpiesa. Nada más merecido; y como á vos os cabe buena parte de tanta honra, os reitero mi enhorabuena, esperando cpre nos veremos con frecriencia. luy difícil será- -repuso al fin el caballero sonriendo melancólicamente, -porque mañana salgo de París. Necesito visitar mis tierras, hacer un largo viaje por el Extranjero... -Pero vuestra esposa... -Mi esposa resolverá lo que más le acomode. Mi amor hacia ella es demasiado grande para obligarla á nada. -Pero vos... -D e s a p a r e c e r é tan pronto 3 tan completamente de vuestra memoria, que ni siquiera para avergonzarme recordará nadie mi nombre. Y saludando cortésmente á las asombradas máscaras, que se inclinaron con respeto ante aquella desgracia que se alejaba, atravesó el caballero los salones, examinando con afectación los grupos cjue bailaban, los galanes tiue reían, las mujeres que suspiraban, toda la representación de aquel poder que creía honrar el pecado cubriéndole de oro y disculpar la falta ostentándola á la vista de Dios en la capilla de ersalles. Eas luces principiaban á temblar, casi consumidas; las bellezas, no mu 3 seguras, apresurábanse á huir en busca de sondara y reposo. Por las ventanas del Hotel de Ville se comenzaba á descubrir el río, los edificios, todo el viejo París cpie se despertaba iluminado por el crepúsculo de la mañana, un crepúsculo cpie teñía el cielo de rojo, como si allá, mu 3- lejos, alguien pro 3- cctara sobre la corte de los Borbones un velo de sangre Y así fué como conoció Euis XV á la célebre marquesa de Pompadour, aquélla dé quien dijo Voltaire; Pompadoítr, ton erayon. divin J evraíl dcsshier Ion virago; Jamáis luie phts hollé ineeill n mirait feeít ten plus hel oirereige. Ai. r oxso DANVILA