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d e la d u q u e s a de Rochechouart, cuyos méritos tampoco habían pasado sin hacer impresión en el ánimo del inflamable Luis XV. Reñidísima era la contienda y valerosos los canipeon e s q u e en ella tomaban parte. Nadie presumía el fin, aunque todos lo esperasen con impaciencia, y los festejos en honor del matrimonio del heredero de la corona ofrecían la ocasión más propicia para decidir el nuevo juicio de París, en que se había de conceder á la diosa más bella nada menos que el cetro de Francia, siquiera para empuñarle le fuese necesario valerse de la mano izquierda. Ya en el baile de trajes celebrado en la galería de espejos del Palacio de Versalles, y dirigido por el duque de Richelieu, se habían h e c h o comentarios s o b r e frases, reverencias y miradas de unas personas á otras; pero la gente esperaba con impaciencia e l g r a n baile anunciado el domingo d e Carnaval en el Hotel de Ville, para pronunciarse con mayor fundamento sobre las inclinaciones del corazón de su soberano y el porvenir de la monarquía. Efectivamente, á j u z g a r por el aspecto que presentaba la sala de fiestas del palacio municipal, nadie hubiese dudado de la grandeza de PVancia, del lujo increíble de duquesas y madamas, y de la alegría y discreción de los invitados, que circulando en abigarrados grupos bajo los dorados techos del suntuoso Hotel de Ville, prestaban á éste el deslumbrador aspecto de un alcázar encantado en que se hubieran dado cita las hadas más poderosas de la tieri a. La mezcla de madamas de la alta burguesía con princesas y luarquesas, ocultas todas detrás de la mascarilla de terciopelo, proporcionaba, además, al baile un atractivo picante, una singularidad encantadora, que le diferenciaba de las demás fiestas, á que sólo eran invitadas las personas que, según la frase sacramental, disfrutaban de las grandes entradas en la corte. La libertad, el ingenio, la galantería, encontrabaír ancho campo en que desarrollar todas sus gracias, y el inimitable esprit francés poseía la virtud de igualar á todo el mundo, rindiéndose ante un solo soberano: la belleza. Aristocráticas pastoras con dorados tirsos cubiertos de rosas y cintas; provocativas peregrinas agitando calabazas de oro y luciendo las bien perfiladas conchas sobre el tisú de los guardainfantes; encantadoras esclavas turcas mezclando sus atavíos orientales con os, paniers, el rojo de Portugal y los albos bucles; mitológicas ninfas ostentando los atributos divinos y sin conservar de mortal más que las miradas; mil y mil disfraces inventados por la fantasía y el dinero, mezclaban sus colores, animando el salón con su alegría y su ligereza encantadora, cuando apareció en el primero de los salones una elegantísima comparsa presidida por un dominó verde, ante el cual la muchedumbre abría instintivamente paso, y las máscaras femeninas iniciaban su reverencia, sin impedir tales distinciones que las despiertas lenguas aumentaran sus bromas y los homicidas ojos disparasen con mayor fuerza sus potentes rayos en dirección del recién venido, que por su majestuoso continente y desembarazadas maneras parecía aceptar como naturales y casi obligadas aquellas muestras de admiración y de afecto de parte de la concurrencia. De pronto, y como si respondiese á alguna señal convenida, destacóse entre la multitud una arrogantísima Diana cazadora, que dirigiéndose al dominó verde, tendió su arco, amenazando traspasarle el corazón con la argentina flecha, rematada en aguda punta de brillantes. -La duquesa de Rochechouart- -murmuraron en voz baja los de la comitiva, mientras sorprendido el señor de ella y tratando de reconocer los negrísimos ojos y los obscuros cabellos, sobre los que centelleaba una media luna de piedras preciosas, exclamaba dirigiéndose á la atrevida cazadora: -Bella d i o s a ¿por qué disparar vuestra flecha sobre un corazón 3 a herido? ¿Es efecto de vuestra crueldad para hacerle sufrir, ó de v u e s t r a misericordia para acabar de daiie muerte? -E inclinándose aún más y separando el arco de Diana, añadió en voz tan baja, que nadie, excepto la dama, lo p u d i e s e oir: -Recordad el bosque de Senart, el faetón azul, el trineo de los amores, y tened confianza en mí. El silencio se había hecho general, la música había cesado, las miradas de todos los concurrentes e s t a b a n fijas en la escena y, sobre todo, en la protagonista de ella, aguardando sin duda su respuesta; pero impresionada acaso la dama por la solemnidad de las circunstancias; cohibida por lo que acababa de oir, aunque nO de comprender, y sintiéndose demasiado sola entre tantos envidiosos, a p a r t ó un momento sus ojos de los de su compañero para fijarlos en derredor suyo, como buscando auxilio. No tuvo la suerte de fijarse en un acompañante del dominó verde, á quien antes sus amigos llamaran duque, que con el antifaz en la mano la predicaba valor, animándola á imitarle descubriendo su rostro, y en cambio fué lo bastante desgraciada p a r a dejar que su augusto interlocutor se distrajese un instante, y siguiendo sus movimientos, fijase la atención en una seductora máscara q u e agitando su abanico, caminaba hacia él en actitud de gracioso abandono. El abanico de la máscara atrajo la atención del caballero, que dio un paso para cogerle, al mismo tiempo que la orguUosa Diana se perdía de nuevo entre el gentío, y el pretencioso duque exclamaba en voz baja, dirigiéndose á sus compañeros: Terminado. ¡Pobre Rochechouart! Se acabaron para siempre las victorias de las duquesas auténticas. Preparémonos á conocer y servir á las falsificadas. Mientras tanto, el rey, examinando el abanico de su nueva interlocutora, murmuraba gratamente sorprendido: -Un Watteau admirable. El gran Ivnrique IV á los pieS de la bella (Gabriela de Estrées. Nada más natural que la fuerza inclinándose ante la hermosura. ¿No sois de mi opinión? -Salvo en una cosa: la pintura es obra mía. ¿Y los versos que hay detrás también? ¿uién fué vuestro maestro? -Amor... digo, Crebillon. ¿Renegáis del amor? ¿Cómo he de renegar de él, si le debo la vida? -Esa voz tan musical me delata que cantáis. -Soy curiosa de todo, y las artes me acercan á mi ideal. ¿P o r qué? -Porque es un ideal nuiy alto. -Descubrios. ¿Para que me reconozcáis? ¿Luego os conozco... -Quizás... pero ¿qué importa, si tengo la seguridad de que nunca os fijasteis en mí? ¿Tan distraído soy? -O tan enamorado; que es muy distinto ver con los ojos á ver con el corazón.