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M; IH; Í üe Pompadour p T matrimonio del delfín de Francia con la infanta María Teresa de F spaña, hija de Felipe V y de Isabel de Farnesio, ocupaba en Febrero de 1745 la atención del pueblo de París, haciendo declinar todos los asuntos ante la satisfacción de los rej es, no obstante la frase atribuida á Maurepas de no ser acjuel acontecimiento sino zm plat inariag- e defamille. Vcrsalles con Fiiis VX, Sceaux con los duc ues del Maine, Rambouillet con el conde de Tolosa, Chantilly con el duque de Borbón y vSaint- Cloud con el de Orleans, lucieron sus fuentes, sus jardines y sus pinturas en honor de la nueva Delfina. Todos se esmeraban en superar á sus émulos en lujo y en despilfarro. Toda la corte se esforzaba además en distraer la melancolía de Luis XV, cuyos laureles guerreros se habían olvidado para recordar tínicamente sus lágrimas ante el cadáver de la i iltima de las demoiselles de Ageste, aquella criatura de orgullo y de amor cjue se llamó la duquesa de Cháteauroux. Desde tan sensible desgracia, la corte parecía atacada de una fiebre de impaciencia, de curiosidad, de anhelo, por conocer y admirar el nuevo objeto de las distinciones del bien amado; grandes, chicos, nobles y plebej os, damas damiselas, no cesaban de hablar del asunto, de disciitir las mayores ó menores probabilidades de éxito de sus candidatas, y eso que aún en aquella época el buen pueblo de París amaba á su soberano, aún se recordaban triunfos de las armas francesas, aún Luis XV parecía g- entil y apuesto, jdas viejas maríscalas sonreían indulgentemente al hablar del corazón del rey, mientras los filósofos amigos de Voltaire, c ue empezaban á poner de moda á Sliakespeare, repetían en los salones la sentencia del gran poeta: el amor es demasiado joven para saberlo que es conciencia. Murmurábanse historias de encuentros, de conspiraciones, de verdaderas cabalas, en c ue se mezclaban los nombres más ilustres de FTancia, y los cuentos variaban desde lo trágico á lo cón. iico, confundiendo los perfumes de los palacios con la pesada atmósfera de las antesalas. líntre las aventuras que se referían, no era la menos original la de cierto encuentro ocurrido durante una. cacería en el bosque de Scnart, en que la comitiva del monarca viósc sorprendida por la inesperada presencia de una bellísima amazona que, apenas entrevista, desapareció velozmente al galope de su hacanea blanca. Los murmuradores añadían que aquel encuenti o no había sido el único, pues en varias ocasiones, y aprovechando siempre la soledad ó la distracción dellnen amado, presentábase ante sus augustos ojos la misma persona, tan pronto vestida de azul dentro de un faetón rosa, tan pronto vestida de rosa en un faetón azul, ó bien, siguiendo la moda traída de Polonia por María Leczinska, reclinada en un trineo figurando una concha marina de nácar y oro que sostenían tritones y cupidos coronados de rosas, y deslizándose sobre la nieve merced á la ligereza de caballos amaestrados c ¿ue hacían resonar alegremente en el bosque sus cascabeles de plata. I os maldicientes se complacían en repetir c ue la tal dama, conocida por el nombre de madame de Etioles, no era sino una burguesa ambiciosa que, sin amor por su marido, un caballero perfecto que la adoraba, y conocedora del aburrimiento que empezaba á atacar por entonces á Luis XV, pretendía llamar su atención y atraer sus miradas, merced á ac uellos disfraces. Lo único que había de cierto en todo, era que enfrente de la cazadora á quien el rey distinguiera con sus saludos y sus g alanterías de caballero, luchaba, utilizando todas sus fuerzas y su temible experiencia, el duque de Richelieu, valiéndose como preciosa arma para conseguir sus ambiciosos de, seo. s.