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í- t KXv KKnivTiLMO ¡Ah, eres tú! ¿Hasta cuándo no nos vais á dejar en paz? ¡Pan para el lobo! ¡Trabaja y suda, pordiosero! Después, el rústico espoleó al asno que montaba, y perdióse de vista por los senderos de la aldea. El viejo había muerto. En la lejanía oíase bien distinto el toque del Ángelus, y más cerca las esquilas de algún rebaño que regresaba al lugar, y en el intenso azur del cielo comenzaron á aparecer las estrellas. El niño lloraba besando el cuerpo del anciano. ¡Buena mujer: subid la cuesta, que mi abuelo se ha muerto! ¿Quién llama? ¡Ah, eres tú, Erapo... Pan para el lobo... ¡trabaja, desgraciado! Y pasaba y tornaba á pasar mucha gente por los caminos de la aldea, y todas respondían lo mismo: ¡Pan para el lobo! ¡Trabaja, desgraciado! ¿Porqué, Señor, tanta infelicidad y no dejé yo de existir y padecer con Aleppe? Y el niño estuvo llorando muchas horas, y en el silencio de la noche percibíanse desde muy lejos sus lastimeros sollozos. De pronto, en el arroyo cercano cesan las ranas de croar y las cañas ondulan fuertemente, 3- hacia el monte va subiendo un bulto negro, que al niño se encamina con ansia, angustiosamente. Ya están los dos reunidos; se abrazan con amor; el niño llora de pena y alegría, 3- los dos besan al viejo, 3- a frío, y lo cubren con mucha tierra en un hoj o muv- hondo. -Vamonos á la cabana, Eoubín, hermano lobo, para penar juntos... Pero el lobo no se mueve; aulla 3- no aparta sus ojos, brilladores como ascuas, del monte más alto de aquel valle. Erapo acaricia á Eoubín 3- tira de él por el ramal, recién mordido, que la fiera lleva sujeto á su cuello. Todo es inútil; el lobo no quiere ir á la cabana, 3 sigue aullando; pero V a camina y guía al niño hacia el monte más alto del lugar... -Bien hice- -habla P rapo- -en recogerte, cuando recién nacido, sin madre, en tu misma cueva... ibas á perecer, y compartí contigo mi pan de la limosna, noble hermano. ¡Sí, subamos al monte, de donde los hombres huj en, y en su tierra, virgen de toda pravedad, vivamos los dos la pura existencia! MANÜEIV CARRETERO DliiUJO DE REGIDOR A i- LÁ por un monte yermo, de espinos y zarza les, caminan Aleppe y el niño Érapo Aleppe es viejo: tiene la barba blanca, sus ojos no ven, y su cuerpo se mueve á paso tardo, muy lento... El niño y un bastón le ayudan en su andar. Es la hora del atardecer; el sol se oculta bajo la cumbre, y Aleppe 3 Erapo vienen de pedir limosna por los pueblos de la colina. Pero hoy sus hermanos no han sido compasivos, y ni unas míseras sopas, ni un mendrugo de pan, ni trago de vino diéronles al viejo y al niño. Regresan á su cabana. Ea cabana está á la falda del otro cerrp, donde Aleppe, en otros días lejanos, fué rico y feliz. Caminan. El viejo se cansa cada vez más; se para á cada instante; desencoge la cabeza, respira, acaricia al niño y vuelve á andar... -Abuelo, ¿tenéis hambre? -No, hijo mío, ¡siento por ti! -No os inquietéis, que ahora lleg aremos á la cabana y comeremos el pan del lobo. ¡El lobo! ¿Acaso lo oigo, ni llega hasta mí el aullido del fiel amigo cuando, como otras tardes, desde lejos, presiente nuestro regreso? ¡No; hoy no oiré al lobo, ni comeré tampoco de su pan! ¡Queda aún mucho que recorrer, y mi cuerpo fallece! ¡Abuelo mío, no digas esas cosas tan tristes, que á mí me hacen llorar! ¡Sólo á ti tengo en el mundo, y sí tú me dejas... -Dices bien, hijo mío: ¿qué vas á hacer de tu cariño cuando yo no exista? ¿En quién lo vas á poner, si los hombres son malos y no se aman? -Andemo. s, abuelo mío, hacia la choza; con poco estaremos cerca. ¿No oís? -No, Erapo: yo no oig- o nada, ni veo, ni siento, y el alma se me acaba con esta deleznable envoltura terrena... ¡Abuelo! ¡abuelo! Eevantáos; JJ O OS llevaré en brazos. Habladme de vuestros hijos, de mi madre... ¿No oís? (Llora. ¡Señor, que os hice para padecer estos martirios! ¡Abuelo! Yo llamaré á los hombres, que después de las labores del día pasan por aquí cerca para recogerse en sus casas, donde les ag uardan sus mujeres y sus hijos. ¡Aquí, buen hombre! ¡Soy j o, Erapo! Parece que no me conoce. ¡Erapo con el viejo Aleppe, que se muere de hambre! ¡Venid á socorredme, hermano, y Dios os lo pagará, ¡hoy como nunca! Y se oyó á poco, allá abajo, en la explanada, una voz que gritaba: