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QEflTE AEnUDA í -t m ifi ISTORIETAS NATURALES. EL AVESTRUZ Le llaman también los moros el pájaro- camello, y el nombre éste, es muy exacto. Según los que han visto al avestruz correr por fjtqicloT los desiertos de África, la gigantesca ave parece, efectivamente, un camello que por arte de birlibirloque se ha convertido en pájaro, si bien su naturaleza de ex cuadrúpedo le impide volar, pues corno en la Creación hay limites para todo, parece que en esto de las alas también lo hay, y Dios no ha querido que existan alas capaces de suspender en la atmósfera á un animal comparaísie en peso con una persona obesa. Por eso el avestruz ¿os habéis fijado en ello? tiene la cara de un señor muy aburrido y molesto: pues si es muy triste la situación del hombre que dice como el poeta: Alas fara volar, ¡ay! ¡quze n iuvieral no triste sino ridiculamente melancólica es la situación de quien, como el avestruz, tiene alas fara- volar, pero no vuela porque le pesan mucho las carnes. Y aiíaden los que han visto correr al avestruz, que como la ligereza de este animal es tan grande en algunas ocasiones, al verle correr por cima de las arenas blanquísimas con sus piernas enormes, parece que va volando al ras del suelo como las golondrinas. Pero no, no creáis que vuela. Eso les pasa á muchos; parece que vuelan, pero no hacen más que correr... y gracias. Y lo peor del caso es que, no sirviéndole las alas sino como un adorno inútil, ellas son la causa de la persecución y muerte del pobre avestruz, pues en ellas es donde tiene la. riqueza más apetecible para la humanidad caprichosa y cruel. Esas admirables plumas negras, llamadas iftipropiámente y con gran cursilería amazonas, que véis en los sombreros de paseo; esas suntuosas plumas blancas que nimban los sombreros de teatro de las señoronas elegantes, no son sino I00 despojos de las inservibles alas del avestruz. Aunque seáis muy pequeños, ya sabéis que esas plumas cuestan carísimas, al extremo de que es frecuente sustituirlas por las del marabú, que es otro bicho muy feo, de quien hablaremos quizás más adelante. Los jinetes árabes y berberiscos y los habitantes de la Etiopía, del Sudán y de todas las regiones centrales de África, se dedican á la persecución y exterminio de avestruces con ahinco y avaricia. Tan activa y constante es esta caza, que ya se ha pensado en la necesidad de criar avestruces y domesticarlos como quien cría gallinas. En España hay provincias donde se podría reproducir el avestruz grandemente, y conste que no es chiste. Una calumnia horrorosa pesa sobre la buena reputación del avestruz. Se. dice que no tiene amor paternal, y que la avestruza deja los huevos abandonados en el desierto, sin cuidarse de ellos con el amor propio de todas las madres ovíparas. Tal aserción no es cierta sino en parte. Eos avestruces del Sahara abandonan los huevos en realidad, porque allí el sol calienta de tal manera, que no necesitan los polluelos el calor de la madre para salir del cascarón; pero en los lugares donde el calor no es tan grande, el avestruz y la avestruza turnan en la amorosa tarea paternal. -Porque debéis saber. que la Naturaleza nunca cría malas madres. DÍBBJO DE KEGIÚOB