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n o c h e descenderemos ylibraremos de la furia álos dolientes, p a r a q u e puedan encender h o g u e r a s estiales con paz y alegría de corazón. Y oraron largamente al pie de laencinacentenaria, h a s t a que el sol se derrumbó por las vertientes ignotas y s a l i ó el lucero. Arcadio bend ij o con fe el a g u a del manavitial y su cántico puro; llenó un c u e n c o de m adera, en que metió un ramo de t e r e b i n t o s silvestres, y lo entregó al pastorcillo. -Esas serán tus armas. T, as mías, este báculo cj ue va por fuera y e, sta fe que anda por dentro. Descendieron pausadamente de la montaña en grave conversación, cjue acompañaban los mil rumores nocturnos. -Avísame cuando la veas; su fuego la descubrirá. Yo no la veré, te digo, porcjue mis ojos mortales no guardaron su I -pureza. I- Anduvieron hasta cerca del amanecer, y ya estaban rendidos. -Si viene el día, ya no la cazamos hoy. Mira bien, hijo mío. ¿Ves algo? Veo... Ks una llama que viene. -Ella es. Agazápate y avisa. ¿Viene? -Viene volando. ¿Está cerca va? ¿La alcanzas? -Sí. -Pues roción, y cjue no se escape. La rama, empapada en agua bendecida, roció con fuerte ráfaga el espacio. Se agitaron matas, árboles y hierbas. ¡Ya es nuestra! ¿Dónde ha caído? En el nombre de Hl... ¿Más cristianos? -dijo una voz angustiada. -Más cristianos, zorra; y de éstos no te libras. Y con el báculo de roble, que pesaba como el hierro, Arcadio la molió, la quebrantó, sin ver más que las hierbas machacadas. -Busca por ahí una mata amarga que no coma el ganado. ¿Hay? -Aquí veo una torvisca. Pues á ella va ese tesoro. Conjúrete, oh fuego infernal, por los santos ángeles y las santas Marías; por la fe viva que baja del manantial sagrado de la gloria de único y omnipotente; por la virtud y obras de Pedro y de Pablo y la oración sencilla de los santos ermitaños que rezaron al sol y comieron en paz del árbol y bebieron en paz de la fuente, que entres por siempre jamás en esta planta rehusada y esquiva, y vivas en su amargor y en su leche cáustica, y en su venenosa flor aborrecida. La furia entró en la planta á los conjuros de aquel varón de los bosques, y los llanos se vieron libres de plagas. Un himno de salud y de esperanza acompañó al ermitaño en la ascensión aquel nuevo día, en que brillaba el sol en los cielos y la alegría en la tierra. aprendéis por qué los aldeanos apalean la torvisca cuando alguno adolece? La fiebre, sigilosa, ¿Comí: sale al anochecer á causar estragos; mas regresa con el alba á la amargura de su cárcel. Allí hay que cogerla y castigarla con la injuria y el báculo, como hizo el buen Arcadio. n o s libre de ella por siempre jamas. JOSÉ D H Í U J O DE MEXÜE: Í uaiNOA XOGALES