Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
r en su ánimo la sei- enidad d e l aire que refresca las cumbres y la fuerte dulzura de las savias y las mieles silvestres. En a q u e l l a noche, pasada en el atrio de la ermita, bajo el r e s p l a n d o r d e l a s innumerables estrel l a s ning- ún hombre de la l l a n u r a tuvo fiebre. Les parecía vivir en otro mundo de paz, de silencio d e abundancia, de salud tranquila y de soledad fecunda, en que El hablaba pon i e n d o palabras de perdón y de cariño en los rumores del bosque, en los sollozos del v i e n t o en la nota clara y purísima de la fuente, en la luz de los astros infinitos... Como arreciaba el mal, juntáronse los hombres, casi todos febriles y extenuados. He aquí que hogaño no hemos encendido fuego de infieles y hemos pedido perdón, y El no nos perdona. Escojamos u n a criatura que no haya pecado y enviémosla á la montaña para que Arcadio la ilumine y El nos favorezca. Y entre todos escogieron un pastorcillo de ovejas que aún no era mozo, tañedor de flauta primitiva y nada entendedor de cosas que no fueran del ganado. Alvar se llamaba, y envuelto en sus pellizas parecía un cordero. Recibióle el ermitaño como una ofrenda inocente, y con amable gesto y sencilla palabra comenzó á doctrinarle. Valiéndose de su largo báculo de roble, mientras hablaba, atrajo un ramo de encina cargado de fruto dulce y oleoso. Comieron y bebieron del agua cristalina de la fuente, y mientras Arcadio, respaldado en el tronco secular, secaba al sol sus barbas blancas recién mojadas, el pastorcillo tañía en la flauta de palo una vieja sonata de la llanura. El ermitaño escuchaba el ritmo de los sones libres, jovial 3 complacido como un hermoso Pan amante de los campos. Al séptimo día, el pastorcillo tuvo una visión en sueños. Perdido en el bosque, llegó hasta el borde de una sima negra 3 temerosa. Sin que palabras humanas lo declarasen, supo que era la puerta del infierno. Tembló como un calenturiento, y he aquí que, mientras él miraba, salieron el diablo mayor y una furia toda hecha fuego. Se hicieron caricias entre llamas que salían súbitas de sus cuerpos. Y el diablo dijo al despedirla: -Mira, que vuelvas al amanecer. -Descuida, rey mío, aunque hay mucho trabajo; todavía me quedan por tocar más de seis mil de esos condenados cristianos de la llanura. -Tiempo hay. Puesto que ninguno ha de escapar, no conviene hacer toda la faena en un día. Y como Alvar viese á la furia que venía hacia él, clamó á los santos que lo amparasen. -No temas- -dijo una voz tranquila. -Ya sabemos de dónde sale la calentura, y ni volverá al infierno ni hará más guerra en los llanos. Tú y j o la encerraremos en alguna planta amarga y viviente que no coma el ganado ni á los hombres les sirva. Era Arcadio quien hablaba; 3 mientras eso decía, las barbas blancas resplandecían vagamente como un vapor del cielo, como un montón de lejanas estrellas en el camino de Santiago. Entonces despertó. Al viejo ermitaño le inundó de apacible alegría la divina revelación. ¡No era el sol! Y él, que sin voluntad le adoraba también un poco, levantó la cabeza hacia el cielo, como buscando en la radiante luz un beso alado de perdón. -Por ti, criatura inocente, corderillo de los campos, los tuyos han hallado misericordia en El. Esta