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NTRE la cuenca del G u a d a l q u i v i r y la del Guadiana hay unas tierras occidentales, bajas y planas unas, montañosas las otras. Son tierras íronterizas que parecen perpetuamente vigiladas por las lejanas cumbres del Monte- Figo y la Sierra de los Aires. Hay allí niuclias aldeas tan aisladas, escondidas y libres, que no se sabe á qué reino pertenecen. Pudiera decirse que su reino no es de este mundo, ó al menos de esta Edad. Tal es en ellas la pesadumbre de otras edades y el influjo de las viejas ideas cristalizadas. En esos míseros poblados curan la fiebre del siguiente modo: los amigos y deudos del doliente salen al campo y señalan una mata de torvisca de las más pomposas, y al romper el alba acuden con sus garrotes y la apalean bravamente. Mientras dura la tunda injurian con viles vocablos á la torvisca infeliz, hasta que del repertorio denigrativo no queda migaja. Hecho esto, el enfermo comienza á mejorar: al menos, así debe hacerlo. Todo procedimiento terapéutico tiene su historia más ó menos interesante. He aquí la de éste: En los días del ermitaño Arcadio fué afligida la llanura- con muchas y dolorosas plagas. El año había sido muy lluvioso, tanto, que se perdieron las cosechas y reventaron los manantiales. El hambre se paseó de un cabo al otro de la tierra encharcada, y cuando pasó el verano y esperaban sembrar, fueron cayendo hombres, mujeres y niños, aniquilados por un extraño ardor de las entrañas y los huesos. Se despedía el ardor y les sobrecogía un frío convulso y mortal. Y en estas aflicciones diferentes y rítmicas, iban muriendo extenuados ó arrastrando por la tierra su vida miserable. Acudieron al ermitaño, que tenía su habitáculo en lo más alto y aireado de la montaña. Halláronle junto á la fuente, respaldado en el tronco de una encina centenaria. Un blando rayo de sol le secaba las barbas blancas, recién mojadas en el manantial. Era un viejo afable y muy digno, que se alimentaba con frutos del bosque, hierbas de los prados, hongos del jaral y miel de las colmenas libres. Ágiles sus miembros y diáfano su rostro, pregonaban á una su salud serena y horra de terrenales cuidados. Hecha relación de las calamidades- -de que, con estar tan cerca no se había enterado, -Arcadio manifestó sus temores de que algún gordísimo pecado anduviera en el lance. Con todo, no hay culpa que no tenga su perdón. El siempre acaba por perdonar, aunque los perdonados no lo merezcan; que es en la mayoría de los casos. Enfrascáronse en la averiguación, y, tira por aquí, tira por allá, vinieron á recordar una olvidada gentilidad que les había venido de las cercanías del Promontorio Sacro, donde todavía tenían aras los dioses. ¡Brava ocurrencia fué la de hacer fiesta de fuego en los comienzos del estío! Una hoguera delante de cada choza hicieron tontamente, antes de meter hoz en sembrado, y todo por inocente alegría de corazón. -Habéis adorado al sol, hijos niios, y El os ha castigado metiendo el sol en vuestros huesos. No hay cosa más clara. En seguida el ermitaño regaló con sus frutos el paladar de los pecadores y les entretuvo hasta la noche. Ees echó un sermón grave, familiar y prudente, porque aquel varón de los bosques tenía