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íí f. fe 4 Vi ife i iwféÍf 2 R V f -AwrC UNA CONFERENCIA ARA que el auditorio dignísimo que me escucha pueda representarse ó tener una vag a impresión de las remotísimas épocas prehistóricas de que tengo que hablar en la conferencia de hoy, es necesario, indispensable, una regresión tal en todas vuestras ideas y sensaciones, una primitivizaciórz ó simplificación de tal manera extraordinaria y desusada, que no siendo eficaces mis palabras pai- a conseguirla, he de pediros licencia para lograrla por medio de la sugestión hipnótica. Si alguno de mis oyentes tiene alterados sus nervios ó no dispone del tiempo necesario para este pequeño experimento, que sólo durará hora y media, le ruego que tenga la bondad de indicarlo y abstenerse de asistir á esta conferencia, cuyos resultados se publicarán íntegros y con todo detalle en el Stereophonograph de esta noche. Tal dijo el profesor Sipps, y de las seiscientas ó setecientas personas que llenaban el anfiteatro, solamente dos señoritas neuróticas y un caballero anciano se levantaron y salieron. En todos los demás rostros se pintaba el único anhelo ó sentimiento que les había quedado á los hombres del año 4000: la curiosidad. -Pensad ahora, señores- -dijo el doctor Sipps recobrando la palabra, la gravedad magistral, -que vais á asistir á la vida de un individuo humano en el apartado siglo xx; el espectáculo ha de ofrecer para vosotros extraordinarias sorpresas. Apenas podemos hoy hacernos cargo de la pequenez y limitación de aquellas existencias regidas por lo imprevisto y gobernadas por lo absurdo; la evocación de una época como aquélla representa hoy inmensos trabajos, y los resultados son por demás modestos. Tal ocurre siempre en estas investigaciones que tanto se asemejan á las de la ciencia entomológica y á las de la micrografía; pero así como nada se nos oculta hoy de las costumbres de los más variados microorganismos, ¿no creéis que habrá alguna utilidad en conocer al menudeo el vivir de los que nos precedieron en el disfrute de la tierra? Reclamo, pues, toda vuestra atención acerca de este punto. Y diciendo y haciendo, Sipps tocó el resorte ó muelle de un aparatito que tenía sobre la mesa, y que se parecía mucho á un ventilador eléctrico y también á un cimbel para cazar alondras. Todos los concurrentes, obedeciendo á una mirada circular de Sipps, fijaron sus ojos en el aparatito que giraba con vertiginosa rapidez, soltando chispas multicolores. A los treinta segundos, el conferenciante del año 4000 había conseguido con el cimbel los mismos resultados á que muchos conferenciantes del siglo XX llegaron con su oratoria. El auditorio estaba profundamente dormido, sólo que no roncaba, porque el suyo era sueño hipnótico. De este medio solía usarse entonces para conseguir de una asamblea una gran concentración y cierta unidad de pensamiento, que no dejan de ser ventajosas para el buen orden de la ciencia. Viendo propicio á su auditorio, Sipps tomó asiento, sacó un rollo de papelotes, que más bien parecían películas cinematográficas, colocó á distancia conveniente un gran fonógrafo, y depositando metódicamente, con mucha calma, en él las palabras, como si las sacase de una hucha, comenzó su explicación, mientras detrás de él, en una especie de encerado, iban pro 5 ectándose despacio las sensaciones por él evocadas en virtud de un artificio que se llamaba la telepsicografía. Eos oyentes, mejor diré, los durmientes, con los ojos abiertos, fijos, experimentaban, dentro del sueño hipnótico, las sensaciones que el profesor iba indicando, como si rezase ó leyese un programa de fiesta ó ceremonial. -Contemplad, ante todo- -decía el profesor, -al hombre del siglo x x en estado de reposo. Es un pobre ser, en cuyo rostro pálido se advierten las huellas de la fatiga, de la mala nutrición, de la vida antihigiénica. Descansa intranquilo, como una fiera en su cubil, esperando que le ataquen de un momento á otro. No goza del descanso fisiológico actual que, como sabéis, consiste en la variación de trabajos y de funciones de nuestros organismos. Eos del siglo x x eran organismos pobres que no sabían bastarse á sí mismos y necesitaban la eventual protección de dos elementos extraños; el sueño y el alimento. Debéis imaginaros lo que sería una sociedad que caminaba ó intentaba caminar, y á.