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-Sí. ¿Has estado enfermo? -No. ¡Qué raro! Por qué? Esta última interrogación suj- a, que parecía demostrar una actitud menos pasiva que la de sus respuestas anteriores, me dio ánimos para lanzarme resueltamente á una exploración más completa. Aquel encuentro había excitado mi curiosidad, pero también mi afecto. Me encaré con el silencioso y le dije: -Pepe: yo he sido siempre tu amigo. En otro tiempo me estimabas mucho. A ti te pasa algo muy extraño ó algo muy grave. Rompe tu silencio. Tú no eres de los que de, sprecian la amistad. ¿Me crees indigno de una confidencia? Esta vez no trató de esquivarme. Le vi parpadear rápidamente y llevarse una mano á los ojos al sentir evocada nuestra juventud, Su acento cuando empezó á hablar revelaba emoción; pero sin duda estaba ya tan habituado al silencio, que las palabras salían penosamente de sus labios. Se dijera que á él mismo le sorprendía el eco de su propia voz. Con extremada sencillez me contó esta breve historia, que me produjo honda impresión: Sí, hace tres años experimenté una gran amargura que malogró irremisiblemente mi vida, torciendo su ctirso. De aquella catástrofe, que ya me parece muy lejana, no puedo, en justicia, acusar á nadie. Yo era un hombre alegre, comunicativo, sin grandes repliegues en el alma, y no del todo malo. Pero yo tenía un grave defecto que ha sido causa de esta ruina de todo mi ser en quehoj- rae sorprendes. Me ofuscaban súbitos arranques de violencia, y la espuma revuelta de esos arrebatos eran las palabras. ¡Ah, sí! ¡Eas palabras han sido siempre mis implacables enemigas! Acudían á veces á mis labios casi sin haber pasado por mi pensamiento. Así salían, atropelladamente, injustas, temerarias ó culpables, sin el contraste de la reflexión. Yo era un hombre de esos de los cuales se dice que tienen la réplica viva. Y esta viveza impertinente me hizo aventurar en muchas ocasiones palabras que nunca se recogen... ¡Ah! ¡qué verdad tan grande! ¡Todo puede recogerse, todo puede redimirse! Ciertas palabras se pronuncian y ya no pueden recogerse ni redimirse nunca. Vibraron en los labios, sonaron á burla ó á desdén ó á ultraje en otros oídos... y abofetearon. Se perdona ó se repara una infamia, una traición. Dos hombres que se han golpeado en público pueden estrecharse las manos y seguir siendo amigos. Play palabras que no se perdonan, que no se reparan, que no se olvidan. Abren una sima para siempre infranqueable, ó quizá ellas mismas son un abismo, un abismo sin fondo... Se detuvo un instante. Parecía querer ahuyentar un recuerdo. Después prosiguió: ...Yo pronuncié hace tres años unas cuantas palabras de esas que destruyen una vida con mayor rapidez que el rayo. A pesar de mi locuacidad, nunca os hablé de un amorqueyotuve. Era un amor tiern o apasionado; pura c o r r i e n t e del s e n t i m i e n t o que fluía, como de un escondido manantial, de lo más hondo de mi alma. Entregarlo á mi c h a r l a ins u b s t a n c i a l me hubiera pai ecido una profanación. Sólo por eso os lo o c u l t a b a Mi amor no e r a ni v e r g o n z o s o ni culpable. Amaba á una mujer honrada y libre como yo, y de ella esperaba la felicidad de ini vida. También ella, la esperaba de mí. Nuestros genios t e n í a n esa cierta disparidad que suele ser prenda de la paz del m; trimonio. Ella era tan reflexiva como yo vehemente. A v ees, mis exagerados trasportes la atemorizaban; mis loco, -3 proyectos para el porvenir parecían desconcertarla, 3 como si tuviera miedo de mi fantasía, me llamaba serenamente á la realidad. ¡Ah! ¿no es cierto que de esa calma, de esa dulce tranquilidad debe formarse la verdadera dicha y el santo amor de los hogares? Pero entonces j o no pensaba tan cuerdamente. Cuando ella oponía á mi pasión su apacible carino, mi amor, mi orgullo, íui estupidez, ¡lo que fuera! sangraban como una herida envenenada... Aquella mujer que jamás se dejaba arrebatar por mis desvarios, que respondía casi con frialdad en los instantes en que mi pasión lo arrollaba todo, aquella mujer no podía quererme, no me había querido nunca. Y sin embargo, ¡cuánto me amaba... y cómo le pagué su cariño á aquella dulce mujer... Ea que. había de ser mi compañera era pobre. Yo tenía una posición brillante, una fortuna. Una in-