Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
bas palabras -i E conocido muy pocas personas que hayan variado de carácter tan súbitamente y de un modo tan completo como Pepe ¿una. Mi amigo era un muchacho jovial, de una gran distinción y muy comunicativo. Repentinamente perdió su buen humor, descuidó su persona, antes siempre atildada, y se hizo más silencioso que el más hurañoíraile de la Trapa Al principio de su extraña metamorfosis, Luna no interrumpió su vida ordinaria. Frecuentaba, sin duda, por velocidad adquirida los mismos círculos y las mismas relaciones. Iba á su tertulia del café, á los teatros y á los paseos. Pero en todos estos sitios se advirtió pronto su mudanza. En el café, donde siempre llevó la voz cantante, permanecía con los. codos sobre el mármol de la mesa, la cabeza entre las manos y más callado que un muerto; en el teatro ocupaba su butaca y no salía en los entreactos ni aun las noches de estreno, en que lo más sabroso de la- representación es el despellejamiento del autor en el vestíbiilo; durante el paseo marchaba como un autómata, la mirada en tierra y casi siempre mudo. Su alegre charla, amable y pintoresca, se iba convirtiendo poco á poco en un áspero lenguaje de monosílabos. Bruscamente, Luna se desprendió de sus antiguos hábitos lo mismo que se había desprendido de su carácter. No se le volvió á ver ni en el café, ni en el teatro, ni en los paseos. La ola de su propio silencio, de aquel extraño silencio, parecía haberlo arrebatado de las superficies de la vida, lanzándolo á bajos fondos desconocidos. De este modo, al mutismo repentino siguió la inesperada ausencia. Tres años después de su desaparición, cuando todos sus amigos nos habíamos olvidado de él, le encontré una tarde sentado en un banco de piedra en una solitaria fronda del Retiro. Me costó trabajo reconocerle. En toda su persona se advertía una gran incuria. Su rostro había cambiado mucho. Era una cara pálida y casi demacrada que conservaba, sin embargo, sus finos rasgos de distinción. Lo que más le desfiguraba era la barba: una barba larga é inculta como la de un ermitaño. Al acercarme á él con una exclamación en los labios y la mano extendida cordialmente, advertí en Luna un leve gesto de contrariedad. Se reprimió en el acto y contestó á mi saludo. En seguida yo comencé una larga serie de interro. gaciones, á las que él contestaba lentamente con otra serie de monosílabos. Advertí que le fatigaban aun aquellas réplicas secas y breves. -Vaya, va 3 a, ¿conque no te has muerto? -Ya lo ves. -Habrás estado ausente de Madrid, ¿verdad? -No. ¿No? ¡Es inverosímil! Nadie te ha visto por ninguna parte en tres años. ¿Dónde te metes? -En casa. ¿En casa los tres años? -Salgo... paseo... ¿Siempre solo? -Solo. ¿Sin duda por parajes apartados?