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L l JERYlAO íl comenzar el invierno I os primeros fríos de Noviembre ofrecen á los hogares humildes, lo mismo que á los poderosos, un grave problema de indumentaria. El vestirse bien es mucho más fácil y más económico en verano que en invierno. I a elegancia inglesa, que por igual aspira á satisfacer las exigencias del buen gusto, las de la comodidad y las de la economía, inventó hace j a tiempo la forma y corte sastre para los trajes femeninos de paño; pero hoy día el ti aje tailkur ha recibido tantas modificaciones, y hoy y siempre su corte y confección requieren tal delicadeza, que resulta ilusoria toda idea de ahorro en este punto. Por otra parte, no son muchas las figuras á quienes cae bien el corte sastre, que exige una gran seriedad y sumo estudio de las actitudes y de la manera de andar, ya que una dama vestida con paños y hechuras masculinas ni debe parecertm hombre vestido de mujer, ni viceversa. Es muy difícil graduar la soltura y ag ilidad de los movimientos para evitar estos dos extremos gualmente perniciosos. En la mujer todo ha de ser femenino: esta es regla infalible á la que en todo caso conviene atenerse. Estudiando bien la fortaleza y i- obustez que se encubren siemprebajo la sólida elegancia de las inglesas y comparándola con la suprema volubilidad y el vaporoso encanto de las francesas, puede escogerse un término medio prudente para la educación estética del cuerpo, qiue es la base principal de la distinción en el vestir, pues aunque una modista ó un modisto hagan milagros y procuren esbeltez y gracia hasta a l a s figuras más deformes con la eficaz ayuda de la corsetera y con otros varios auxilios que aquí no se han de nombrar, el principal factor de la elegancia verdadera es el espíritu, y el espíritu de las mujeres, un hombre fino y perspicaz lo aprecia tanto en la manera como se sientan ó se levantan ó vuelven la cabeza ó saludan á una amiga, cuanto en lo que dicen y en lo que callan. Estos son estudios esenciales de la difícil ciencia y del dificilísimo arte del vivir en sociedad, un tanto descuidados entre nosotros. Se advierte esto aún con más intensidad al llegar el invierno que en las otras épocas del año, pues la variedad de vestimentas que las distintas circunstancias de la vida invernal requieren, obliga á pensarlo todo y á preveerlo todo. Podría escribirse un tratado de Psicología femenina y media docena de novelas á lo Bourget con las cavilaciones, combinaciones y disquisiciones á que en cada casa tienen que entregarse las señoras y señoritas para quedar lien durante el invierno. Vestidos de teatro, de soirc c, de paseo, á pie y en coche, abrigos para todas estas circunstancias, pieles carísimas, tan caras como indispensables... y luego la dificultad (cuando no las hay del orden crematístico) de adaptarse á todos estos múltiples indumentos, como diría un clásico... E s u n verdadero problema. Hay algunas, no muchas afortunadamente, que todo lo fían al talento de la modista, y con ga. star sin reparo, creen resueltas todas las dificultades. No comprenden la parte de colaboración que á ellas mismas les corresponde en la obra del artista. Pero, en cambio, haj- muchas que se hacen cargo de la Psicología del vestido y con ahinco y aplicación se dedican al estudio de sí mismas y al de las telas y formas que les convienen. Estas discretas señoras y señoritas son las que siempre quedan bien, las que no toman su cuerpo como un maniquí para exponer vestidos de las más diversas calidades y formas. Estas son las que realizan el ideal de la elegancia, que consiste en no llamar la atención del vulgo, sino cautivar, sin exageraciones ni extremosos alardes, el gusto de las personas finas é inteligentes. DE MARSAY