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cano y mviy frondoso, y se afeitaba todas las mañanas la barba con una maquinilla, que él mismo tenía cuidado de afilar frotándola sobre una correa. No obstante su aire militar, de aquel hombre sólo se le conocían proezas digestivas. El mismo, que era de ánimo regocijado y fácilmente expansivo, contaba á menudo de sobremesa que siendo estudiante se había comido una docena de huevos fritos, tres chorizos y medio queso de bola de una sentada y que una vez, por apue. sta, había dado fin y remate á cinco roscas de churros de tres docenas cada rosca. Los años, que todo lo roen 5 debilitan, habían dejado intacta la capacidad estomacal de D. Matías, á la cual, por desgracia, no siempre era posible proveer... ¡Hola, Enrique! -dijo el jefe de aquella familia posando coa paternal deferencia la diestra mano en el hombro del muchacho. ¡Hola, D. Matías! Aquí estamos hablando de Federico y de Salomé. D. Matías no prestó atención á aquellas palabras. Llevando á Dolores al pie de la ventana que daba sobre el patio, la preguntó: ¿Qué hay de comer? ¡Papá, nada! Hoy no se ha encendido fuego en casa. Mamá y yo hemos pasado con un poco de jamón que se trajo ayer de la tienda y con dos naranjas. ¿Y Martina? -En la iglesia. -Salióniuy temprano con Martina. Dijeron que iban á comer en casa de tía Josefa. D. Matías inclinó la cabeza con apacible consternación. No asomó á su rostro ni la cólera ni la contrariedad. Su imperturbable optimismo no cedía á aquellas miserias. Requirió sosegadamente papel y pluma, y á escribir se disponía cuando sonó con cierta timidez la campanilla. Dolores se adelantó á la puerta... ¡803- yo, mamá! -dijo Salomé saliendo al encuentro de su madre. Venía sofocada y, sin embargo, transida de frío, al punto de dar diente con diente. Se quitó el sombrero, mostrando la d e s p e i n a d a cabeza; despojóse l u e g o de los g u a n t e s é hizo- í ademán de mar- 1 charse. -Tenemos que h a b l a r, -repuso su madre con iné voluntaria severidad en la voz. -A h o r a no p u e d o No me siento bien, -articuló la niña angustiosamente. ¿Qué tienes? -la p r e g u n t ó xV. Enrique con sincero interés. ¡Nada! ¡Frío... Voy á meterme en la cama... r Entretanto, don Matías, de codos sobre la panoplia, es decir, sobre la carpeta, meditaba. ¿A quién me dirigiré? La entrada de su hija le tranquilizó por el momento. -Salomé, hija mía: ¿tienes algunos ahorritos... -preguntóla en voz baja con tierno acento. ¿Yo, papá, de qué? Luego, viendo el gesto de resignada pesadumbre de su padre, sacó el portamonedas del bolsillo del abrigo y lo puso entre las manos del viejo. -Hav cincuenta duros, papá. Es todo lo que tengo. Y volviéndole la espalda, se refugio en su alcoba. Su hermana Lola, que compartía con ella las mezquinas comodidades de aquel alojamiento, la encontró, dos horas más tarde, tumbada de bruces sobre la cama, llorando con silenciosa, trágica y desesperada angustia. I MANUEt B U E N O D I B U J O S DE M É N D E Z BRIXGA