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Doña Casiana, sobrecogida por la extrañeza, volvióse de cara al muchacho. ¿Qué dice usted? ¿Está usted seguro? -preguntó entre colérica y alarmada. -Seguro. En la Gaceta de ayer leí el decreto. Lo destinan como tercer secretario a Roma. ¡Eso no Duede ser! -rompió á decir con turbado acento la señora. El estuvo aquí anoche y nada nos dijo. ¿A Salomé tampoco... -Ni á Salomé, ni á mí, ni á papá, que estuvo jugando con él una partida de tresiilo, -concluyó Dolores, mirando con medroso estupor á su madre. Un silencio de minutos se abatió sobre los tres interlocutores. Cada uno de ellos buscaba una sombra de explicación ó de excusa al proceder de Federico. Era este un buen mozo que había logrado levantar de cascos á la más hermosa de las tres hermanas, una rubia de ojos azules y mimosos, garrida hembra que no podía cruzar de una acera á otra de la calle sin encender el deseo de los jóvenes y avivar el ascua mortecina de la sensualidad en los hombres ya maduros. Da airosa apostura de Federico, su elegancia y su dinero despertaron en Salomé uno de esos sentimientos en que se asocia y se mezcla todo, el amor y la vanidad, la pasión y el interesado afán de lucir sobre el palmito algo más que humildes percales. El joven diplomático no hablaba nunca de matrimonio. i I f ¡í l 4 Cuando la previsora astucia de dona Casiana hacía rodar la conversación sobre aquel tema, Federico se abstenía de opinar, y mucho más de comprometerse personalmente. Sonreía y callaba. ¡Qué chico más prudente! No dice nada hasta que empiece de veras su carrera, -solía exclamar doña Casiana. ¿Cuándo asciende á secretario, hija mía... -No lo sabe á punto fijo, mamá, -contestaba con desabrimiento Salomé. -Por de pronto, á ti ya te llaman la diplomática en la vecindad, -sostenía con cierta malevolencia Dolores. -Chica, te felicito... -Son motes de portería que yo me propongo suprimir, -contestaba la otra volviendo la espalda... A la otra hermana, á Martina, la daba el naipe por el monjío. De niña tuvo alucinaciones, en las cuales creía ver al demonio, vestido de militar, entrando en su alcoba, sable en mano, para matarla. Desde entonces, cada vez que veía un uniforme echábase á temblar. En la clínica de San Juan de Dios la administraron corrientes eléctricas, y con eso y una alii entación reparadora, la enfermedad cedió. De los pasados alifafes sólo quedaba una tristeza muy intensa con hipos de llanto, que sobrecogía á Martina á menudo, y una decidida vocación religiosa, que la muchacha fomentaba contra la voluntad de sus padres, pasándose lo más del día en las iglesias. Aún no habían vuelto de su estupor doña Casiana, Dolores y Enrique, cuando sonó la campanilla. ¡Es papá! ¡Abre! -exclamó la señora con abatido acento. El era, en efecto; el propio D. Matías, hombre de buena estatura, erguido á pesar de sus años y de sus quebrantos de fortuna, y con cierta marcialidad en el tipo que inspiraba simpatía. Gastaba bigote