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ba diplomática p i c a m p a n i l l a z o de Enrique cuando llamaba á la puerta desde el rellano de la escalera, se difundía de alto abajo en la casa como la trepidación de un tren al cruzar los férreos tramos de un puente. Sonaban adentro pisadas quedas, rumor de vestidos de mujer, y al través de la mirilla lucían unos ojos en acecho. Luego percibíase desde afuera susurro de alientos mal reprimidos y de palabras sigilosas, hasta que transcurridos cinco minutos Enrique asía nuevamente el cordón de la campanilla, tirando de él con redoblada violencia. Esta vez abrían. ¿Qviién llama? -solía preguntar Dolores aparentando sorpresa y entreabriendo la puerta. ¡Ah! Es Enrique. -Estoy aquí desde hace media hora- -contestaba el otro sonriendo con travesura, como quien no ignora el juego á que le someten, -Pues, hijo, dispensa. ¡No te üabíamos oído! Pasa. Martina y Salomé han salido. Estamos solas mamá y yo... EU muchacho no esperó á que D o l o r e s renovara la invitación. Con gentil llaneza franqueó un angosto pasillo, sobre el cual se abrían dos a l c o b a s pobremente equipadas de muebles, hasta hallarse en una habitación sin categoría definida, puesto que en ella alternaban una mesa de comedor con tapete de yute rameado, un armario de luna que se tenía con decoro sobre sus cuatro patas, un aguamanil de madera, un costurero con forro de paño verde, un canapé despanzurrado y media docena de sillas, cada una de su estilo, amenazadas de derrengadura. De cara al espejo, doña Casiana se peinaba con melindrosa lentitud. Era mujer que defendía los rastros de su belleza de dos enemigos temibles: el hambre y el tiempo. Alta, carilarga, trigueña, con negros é insinuantes ojos, componíaselas de moao que su gracia personal la absolviera del humillador pecado de envejecer, en que á la larga caemos todos. Dábase maña para que sus preocupaciones fuesen juveniles y cuidaba de que los temas de su conversación no se remontaran muchos palmos sobre la tierra, y con eso y no hablar jamás de la muerte, creía ingenuamente sustraerse á la demoledora furia de los años. Alguna vez, sin embargo, se la revelaba la vanidad de aquella superchería. El encuentro de una amiga, el fallecimiento de un hombre político ó de un artista par de su juventud, la lectura de un semanario con estampas modernas, la visita á un teatro, cualquier episodio de la cordialidad social ó mundana, restablecía en el alma de aquella mujer la melancólica certidumbre de que no podemos sentarnos sobre cualquiera de las márgenes de la vida mirando indiferentes el curso impetuoso de las aguas del tiempo. ¿Qué hay de nuevo, Enrique? -preguntó doña Casiana sin volverse mientras se retocaba el peinado. -Lo que ustedes cuenten, señora. Yo, de mi casa á la oficina y de la oficina a casa. N o hago otra vida. -Nosotras tenemos que darte un notición, ¿verdad mamá? Anda, habla tú... ¿Yo? Hija mía, no sé á qué te refieres, -repuso la madre con gesto asombradizo... ¡Anda, Lola, suéltala tú! Doña Casiana me trata como si yo pisara esta casa por primera vez... Dolores vaciló. El deseo de hablar estaba cohibido por el temor de que sus palabras contrariasen á la madre. Una sonrisa alentadora de doña Casiana, reflejada en el espejo, la decidió. -P u e s tenemos que comunicarte que Salomé y Federico han hecho las paces... Enrique acogió aquella revelación con viva sorpresa, que pasó de sus ojos á sus palabras. ¿Cómo? ¿Ahora que él se marcha...