Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
El duque de Tliasis, aturdido, descompuesto, con a garsjanta seca, rojos los párpados, miraba y oía al airado infanzón, su tatarabuelo, y apenas podía respirar. Las palabras del otro mundo sonaban cónca -as y formida les en el salón desierto. Fuera, la lluvia, indiferente, seguia azotando los cristales. Calló el héroe de Granada, y su descendiente comprendió que le había pedido cuenta de las tierras, de ios censos, de los fueros y alcabalas que el jefe de la familia aquistó con su valeroso brazo, y queel último duque había perdido en villanas é innobles aventuras. Y luego habló otro personaje, el segundo duque, un señor de reposado y amable rostro, de barba corta, de clara color, el cuerpo embutido en justillo de terciopelo negro, con negros azabaches adornado; sobre la blanca frente, un sombrerete de alta copa, sin alas, con cintillo de diamantes; era u a señor magistrado, cuya efigio pintó Alonso Sánchez Coello. Aquel señor censuró por razones teológicas, jurídicas, políticas y morales, la relajada conducta del duque sucesor, el abandono criminal en. que tenia á su mujer y á su gloriosa casa. Para copiar su razonamiento, habríamos menester la regalada pluma del P. José de SÍgüenza ó el gallardo razonar del P. Juan de Mariana Y el duque vivo temblaba bajo la mirada fría del aterciopelado señor, cuyos ojos habían visto cien autos de fe sin pestañear. Y la lluvia seguía cantando en los cristales su historia, vieja como el mundo. Callado el segundo, habló el tercer duque, un caballero de- enjuta y elegante catadura, de picuda barba, de blanca gorgnera, la cruz de Santiagoal pecho, las finas manos escaroladas de encajes; en los morados labios, la sonrisa desdeñosa en que el Greco supo resumirlo más noble del sentir español de su siglo. El melancólico 3 desengañado señor dijo en cortas, altivas palabras, cómo su descendiente, habiendo abandonado su carrera militar, invítil, además, para la política y para la diplomacia, arrastraba por garitos elegantes el nombre ilustre que heredara, y no contento con eso conducía su casa á la ruina y su familia á la miseria. Y lo que el señor del agudo rostro dijo con sarcásticas apoyaduras, sólo hubie 1 ra acertado á decirlo algún igran n a r r a d o r de decadencias: D. Erancisco Gómez de Quevedo ó el doctor Cristóbal Suárez de Figueroa. Hundida la barba en el pecho, le escuchaba atónito el duque vivo, mientras la lluvia subrayaba tri. steniente aquella procesión de parladas tristezas. Después hablaron, cada uno J en su lenguaje, un duque de rojas mejillas y de blondos cabellos, pintado por D. Juan Carreño de Miranda; y otro de rizado pelucón espumoso, retratado por D. Antonio Rafael Mengs; y otro de coleta y patillitas cortas, abocetado con fieras pinceladas por don Francisco de Goya; j en fin, otro de hueco levitón, de riAi v B zadas cocas, acaramelado, por D. Federico de Madrazo. Las palabras de menosprecio, de condenación resonaban como golpes de muerte en el alma del arruinado duque, y la lluvia pertinaz las coreaba en los cristales. Una oleada inmensa de odio invadió el corazón del duque. ¡Oh, sí, la venganza era segura! Había perdido sus tierras, sus rentas, sus casas; pero aún tenía allí un capital. Aquellos retratos, aquella galería única valía m i l l o n e s y pues sus antepasados acababan de arrojarle tantas injurias al rostro, él vendería sus efigies, dispersaría todas aquellas pintadas arrogancias á los cuatro vientos, y aquellos altaneros personajes irían á parar á las galerías de los tocineros yanquis ó de los advenedizos de la nobleza haitiana. Al cruzar este cruel pensamiento por la mente del duque, iluminóse de pronto el salón con todas las luces, como en noche de baile. Miró á la pared el último duque de Tliasis, y lanzó un grito de horror. Los marcos estaban en sus sitios, pero los personajes que en los lienzos vivían se habían borrado, habían desaparecido para siempre. K LEMA: BERGERET üIi; u. ¡OS ÜE M Í N D E Z liRIN GA (NÚMERO 30 DE NUEiTRO CO. CUBSO UE CUENTOS FANTÁSTICOS)