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1 Fin ele Pciza J y; vr 1 1 h ír A y i i T; -í íj- -jfct; A TM vi, i Jíál S Sh 1- vr- A L volver á su palacio, pasadas las tres de la madrugada, el duque de Thasis, después de un día de borrascoso y desatinado holgorio 3 de haber perdido en el Club al treinta y cuarenta y en usurarias combinaciones los últimos restos del caudal que sus ascendientes tardaron siglos y siglos en ganar por fuerza á sarracenos andaluces ó á peruanos incas, sintió apoderarse de su espíritu extraña 3- tenebrosa laxitud. Como acostumbraba á trasnochar y 110 quería que la duquesa ni otra persona que Jack, el ayuda de cámara inglés, se enterasen del estado en que volvía el amo y señor de la casa y estados de Thasis, al despedir el coche del Casino que le condujo al palacio tocó, según costumbre, un timbre disimulado en la verja del jardín y que directamente comunicaba con el cuarto de Jack. Lo ordinario era que este gran filósofo, no menos discreto y agudo que el memorable Samivel de Dickens, al levantarse automáticamente del sillón en que reposaba, y envolviéndose en un confortable ulster, bajara, abriendo las llaves de las luces eléctricas que esmaltaban techo y muros de la escalera, y las que vivían con desusada holgura en las enormes farolas del portal y de la marquesina y las que alumbraban el jardín. Automáticamente también solía dar las buenas noches á su amo, acompañarle hasta el dormitorio, desnudarle y contestar á cuantas preguntas impertinentes ó disparatadas solía hacer el señor duque, y no menos automáticamente volvía á apagar las luces y recobraba su tranquilo sueño anglo- sajón. Pero la noche de mi cuento no sucedió tal cosa. A deshora, y sin que nadie se enterase, había ocurrido un desperfecto en la, luz eléctrica. El inmenso caserón estaba á obscuras y Jack tardó buen rato en topar con un candelero, que á tientas buscó por varios aposentos, encenderle y bajar, en tanto el duque se impacientaba, transido de frío, arrimándose al quicio de la verja, sin poder evitar que la lluvia torrencial le azotase el rostro como al último pordiosero y produjera en el mal atado hilo de sus confusas y turbias sensaciones un cambio radical, triste y desagradable á más no poder. ¿Qué le pasará á ese maldito? -pensaba el duque; y el frío y el agua que le salpicaba los zapatos de charol y se le rezumaba por entre la suela finísima, iban despejándole! a cabeza. De pronto, la puertecilla se abrió y tras ella apareció Jack azorado. En el jardín se le había apagado la bujía, que se obstinaba en no arder; él no tenía la culpa, pedía mil perdones á Su Excelencia...