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-íP i Si. r M n EL MEDICO Ta en privado, bien en público, ora en serio, cuándo en cómico, iodo el mundo llama al médico poco menos que antropófago. y no admite tal epíteto su carácter filantrópico, que él quiere, siendo un Heráclito, hacer del hombre un Demócrito. Desde que principia, intrépido, á empollarse textos lóbregos, hasta que recoge el título de Doctor, hoy nada módico: mientras cursa terapéutica y los casos patológicos, y los estudios quirúrgicos, y el tecnicismo anatómico, cierto es que ve en los opúsculos, que parece que devóralos, del cuerpo humano la máquina con furor semidiabólico; cierto es que goza en la Clínica manejando allí despótico instrumentos, y no músicos, sino espeluznantes y hórridos. Si entre enfermos y cadáveres anda siempre (lo que es lógico, porque es el estudio práctico mucho mejor que el teórico) y á uno le saca los hígados y á otro le taladra un pómulo y barre á un niño los tuétanos y limpia á un viejo el esófago; si da á una joven espléndida enamorado un narcótico, y abriendo sus pechos nítidos mete allí algodón hidrófilo; si parece, al verle enérgico revolver humanos órganos, que sacia en los cuerpos rígidos sus deseos más recónditos, ¿no resulta que ese bárbaro, seco, sin entrañas, sórdido... es una inocente tórtola, ó, por ser más justo, un tórtolo? ¿Qué le mueve en esos trágicos estudios, nada platónicos, sino un impulso benéfico de alargar nuestro fin próximo? Yved su existencia misera, para enseñanza de estólidos. desde que estampar le es lícito su patente bajo un tósigo. Vive en pie, como los pájaros, mas sin vuelo, ¡y fuera cómodo! pues podría en marchas rápidas ser con todo el mundo pródigo. Sube escaleras difíciles y se traga los kilómetros, que no dan para vehículo la virtud ni el saber sólido. Cuando duerme, la doméstica le da un grito; él brinca, atónito, y es que en la calle del Principe le espera un enfermo crónico. ¡Jlhur! (y gruñe su cónyuge. -Duerme tú. Venga el termómetro. -y corre por calles múltiples el desgraciado fisiólogo. Sufre en invierno las ráfagas nocturnas del cierzo indómito, cuando Madrid sueña, plácido, como cuando vela, hidrópico... En el verano, ¡oh, qué júbilo! cuando es mayor el calórico cruza, no Madrid, el Jlfrica, para dar á alguno un tónico. Y siempre asi. Horrible tránsito! desde la guardilla al sótano, viviendo entre amargas lágrimas y suspiros melancólicos; de lecho en lecho, fatídicos con blancura de sarcófagos, y viendo y oliendo sábanas que revuelven el estómago. Siempre consolando espíritus, anunciando días óptimos... y obligado á ser hipócrita porque no hay tales pronósticos. Claro es que pagan sus méritos agradecidos y prósperos, pero también sufre pérdidas con difuntos... y económicos. Yo le defiendo, satíricos. T ale más cortar un vómito... que acumular cien esdrújulos en un romance monótono. ¡Jly, sí! JVo achacadle crímenes, no es un verdugo filósofo... ¡y él, ai cabo, muere víctima entre las manos del prójimo! E N R I Q U E D E J: A VEGA DIRUJO D E SANCrTA t