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I -fe 9 Aquellos fueron sus últimos días de ternezas y efusiones; cuando las priineras ráfagas invernizas pelaban el bosque, madre é hijo se separaron y ya no se vieron más. Se sabe que Herbal corría por el mundo hecho un hombre á la moderna, activo y venturoso, cuando su madre enfermó de soledad. Un día mandó que la llevasen al pie del raoral sagrado, y allí, tendida sobre la hierba fresca, bajo las frondas resonantes, al borde del manantial de aguas purísimas que derramaba sus cristales por los riscos, entregóse para siempre á las castas deidades de la selva. Murió al pie de un árbol, como había nacido. El hijo volvió al bosque con otra mujer: su prometida. -Todas las hembras de mi casta- -decía- -hicieron sus lechos nupciales con hojas de estos árboles; hagamos el nuestro con sus maderas, que mandaremos tallar y pulir para que sean como el dosel de nuestra ventura. Señalaron los árboles más preciosos para la corta, y al llegar en su grato paseo ante el moral, -Hé aquí un árbol- -dijo- -del que no quitaría una sola astilla por todo el oro del mundo. -Y como leyere no sé qué maligno asombro en los OJOS de su bien amada, añadió sentenciosamente estas palabras, que traían el dejo de lejanas liturgias campestres: -Este árbol soy yo, y yo soy este árbol. Tor eso mi madre murió debajo de sus ramas. ¡Ah! ¿qué has dicho, amado mío? Quiero hacer de esa rama, arqueada como un yugo, la cabecera de nuestro lecho. Juntos debajo de su curva, no temeré á ninguna aflicción. Sin esa rama, que eres tií, no me sería agradable nuestro lecho; algo tuyo me faltaría... Herbal suspiró y dijo á uno de sus guardas: -Mañana mismo, echad esa rama al suelo, -y se alejó al lado de la mujer querida. Al otro día, un brusco dolor despertó al durmiente; al querer levantarse, sintió algo como la ausencia de todo un lado de su cuerpo que había quedado inerte. Esto ocurría en el instante mismo en que duros hachazos echaban la rama al suelo. Allí acabaron para el doliente todas las dichas soñadas; la madera del lecho quedó abandonada como cosa inservible esparcida por tierra. Y aquel medio hombre vivo huyó arrastrando otro medio hombre muerto en un doloroso viaje sin objeto y sin esperanza. Playas, fuentes, balnearios dieron asilo al taciturno y errante paralítico; la ciencia trató en vano de reverdecer miembros que parecían secarse. Y el recuerdo de aquella siniestra Eva, que no sólo. quiso comer del árbol, sino cortar la más fecunda de sus ramas, le perseguía con odiosa tenacidad en sus días y en sus noches. En un balneario fué donde acometió al hijo de la selva súbita é inexplicable calentura. Una gran llamarada interior lo consumía; los médicos no podían templar aquella hoguera invisible y mortal en que hervía la sangre. En su espantoso delirio, veía el agonizante figuras extrañas como de silfos y dríadas, faunos y napeas que parecían huir. Todo un pueblo fantástico expulsado de sus moradas que marchaba estremecido hacia otros mundos... Con ese pueblo se fué. Murió- -esto se supo más tarde- -el mismo día en que un rayo incendió el bosque patriarcal. No se salvó ni un árbol ni una hierba. En el campo fecundo no había más que un inmenso montón de cenizas negras y humeantes. Detrás del último fauno, sólo quedaba la infinita desolación de las selvas incendiadas. JOSÉ NOGALES l i A J Ü U R E L I E V E S lili: COULL. AUT VAI. ERA I i 1 J