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El último fauno p u É una ceremonia algo gentílica que dio mucho que hablar y r e s u c i t ó las añejas prevenciones del pueblo contra aquella casta de los Herbales, celtas ó romanos, pero seguramente selvícolas en su origen, del que conservaban á través de los siglos cierta pureza de rito campestre y desentonado, que más de un disgusto les dio en días lejanos de escrupulosa inquisición. Tenían aquellos extraños retoños de razas desaparecidas un poderoso amor á los árboles. Por eso arraigaban y se mantenían sujetos al teri ón ó al pedregal donde habían caído, á diferencia de los nómadas, que aman los pastos, las hierbas efímeras, que van siguiendo en la rotación majestuosa de los campos pradiales. Un b o s q u e tenían, que de padres á hijos venían cuidando con solícito esmero, y del que apenas s a l í a n sino para cambiar los frutos por dinero contante ó por especies necesarias. La cabana patriarcal era grande y humosa, amparada bajo los más altos 3- frondosos árboles. Si una viga flaqueaba la sustituían por otra, y así la remuda de la mansión se hacía en largo transcurso, pieza á pieza, y sin perder una línea de su aspecto. El último poseedor de la cabana y del bosque tuvo durante su vida la penosa sensación de algo que irremediablemente moría... Dos mujeres había enterrado, y en torno de ellas no sé cuántos hijos. Todos se fueron en temprana edad, antes que la savia cuajase los frutos. Y era un dolor ver aquella espesura lujuriante, estallando de vigor y de vida, creciendo y enmarañándose sin temor al íiacha mal esgrimida por dos brazos desalentados. ¿Era que las Dríadas y Silvanos habían maldecido aquel lugar? El hombre apesadumbrado y envejecido en la soledad, buscó afanosamente una solución de su vivir en los recuerdos y tradiciones de su casta. Cantos exóticos que en su infancia oyó, palabras conjurantes pronunciadas por ancianos y mujeres, trozos dispersos de una gran leyenda, que volvían á su memoria como hojas volanderas de un árbol ideal... Ea solución fué que el vejete buscó su tercera mujer; una muchacha nacida en el bosque, al pie de una encina. Su primer lecho fué un montón de muérdagos y musgos. Su cama nupcial fué otro montón de hojas de roble, blandas como el terciopelo. Ees nació un hijo, y es fama que apenas nacido llevólo el padre á lo más interno del bosque y allí le expuso desnudo sobre la hierba fresca, debajo de las frondas resonantes, al borde del manantial de aguas purísimas que derramaba sus cristales por los riscos. Preparado había un hoyo como breve sepultura y un verde plantón de moral sanguíneo. Plantado el árbol, rególo con agua del manantial llevada en la cuenca de las manos, y á cada viaje aspergiaba al recién nacido, que bajo el roción se estremecía en las primeras é intensas sacudidas de sus nervios. P ué así cómo el tierno Herbal quedó encomendado á las deidades selvícolas y ligado al bosque con lazos perpetuos y mi. steriosos. El árbol y el niño fueron creciendo con igual lozanía. El viejo esperaba ver cómo de aquel tronco salían nuevas ramas humanas que llenasen el bosque. Un día el niño enfermó: la madre quejumbrosa llamó al médico del lugar y recurrió al parlero saber de las comadres. El padre no se inmutó; fué hacia el moral plantado en el bosque, y hallólo comido de orugas. Limpio y lavado lo dejó y regado con agua del manantial, y cuando volvió á la cabana, la enfermedad había hecho crisis y el vastago comía y jugaba. -A. sí pasaron muchos días y llegó su último al vejete. Apenas tuvo tiempo de señalar el sitio donde ocultaba el tesoro de los Herbales y el árbol debajo del cual habían de hacer su sepultura. Hallaron una crecida suma producto de antigua y lenta acumulación. Con ella en su poder, la madre empezó á soñar cosas estupendas: quería hacer de su hijo un señor y que dejase el hacha para los jornaleros. Quería hacerle feliz libertándole del bosque. Y así fué, como ella quiso. Mientras el último Herbal estudiaba latines y cosas indigestas en la capital lejana, su madre fué cambiando el aspecto de la cabana patriarcal hasta convertirla en un mediano albergue de gente propietaria. Y al par que cuidaba de la vivienda, cuidaba del moral jóor s ¿acaso. ¡Oh, Dios, cómo pasa el tiempo! Cuando vino el estudiante, su propia madre no le conocía: era ya un señor tal como lo había soñado. Y un inmenso amor reanudado les unió con extraña fortaleza. Juntos paseaban por el bosque, espantando á los pájaros con sus gritos de alegría pura y desbordada, y todos los días de aquel verano iban en amorosa caminata hasta el moral, tan frondoso, c ue mojaba sus iiojas bajeras en el manantial. Comían de su fruto maduro, y chupando aquel jugo rojo y embriagante, la madre decía: -Esta es tu sangre, querido. ¡Por eso es tan dulcel