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bre un corazón para acompasar su latir. El cortejo de los caballeros iba camino de palacio. En el parque real, sobre los tallos frágiles, las flores se agitaron medrosas, sobrecogidas p o r u n augurio triste. ü n pajecillo vestido de i ojo llegó presuroso. -Alteza, el rey, mi señor, os reclama, -gorjeó infantil. Y cuando Rosalinda, camino de la cámara real, impi- ¡mía en el polvo de plata de las avenidas la huella leve de las sandalias, arrastrábase la brisa en pos para sorber la estela fragante de sus pasos, las flores se inclinaban reverenciosas, y los chorros de agua, erguidos en las tazas de alabastro, desgranaban cortesanos murmurios como en una gríin ceremonia palatina. II Los dos príncipes llegaron al lindero del bosque, y el del país de las rosas dijo: -Este debe de ser el bosque de las hadas. Penetraron los jóvenes bajo la espesura. El sendero resbalaba bajo sus pies como reptil viscoso. Después de caminar un buen trecho, toparon con una vieja. ¿Quiénes sois y adonde vais? -Somos dos príncipes, -dijo el uno. -Buscamos una buena hada, -prosiguió el otro. -Decid- -moduló la voz aflautada de la mujer, que era una buena hada, á tiempo que en sus ojos de ámbar, orlados de arrugas, flameaban resplandores propicios. Y el príncipe del país de las rosas habló así: -Señora: Entrambos amamos á una linda princesa; tan linda, que por maravilla se tuviera. El rey, su padre, desposarla quiere con aquél que su corazón elija. Nuestro rendido amor la hemos mostrado uno y otro; mas para nuestros apasionados decires tiene iguales respuestas de amoroso azoramiento. Yo he podido sentir, complacido en todas ocasiones, cómo sus ojos dulces escudriñaban el latir de mi corazón para inquirir los secretos del alma. -Por mi fe afirmo que, al igual, yo he sentido el dulzor de sus ojos azules, posándose levemente sobre mi pecho y derritiéndole en tibieza do halago. ¿Qué pretendéis entonces. -liemos de decíroslo como mejor sepamos. Ea princesa, para con uno de los dos, tiene fingidoras galanterías, que ocultan de. spego. De ahí nuestras cavilaciones. ¿No podríais, noble y buena señora, hacer visible, pormedio de algún ingenioso expediente, adonde se encaminan los pensamientos de la princesa? -Sea. Volved á los parques reales, y hallaréis cumplido vuestro deseo. Eos príncipes se inclinaron hacia la buena hada para besar su mano caduca y sibilina; en el dedo anular brillaba un ópalo de encantadas irisaciones. Cuando los príncipes volvieron á los jardines del rey, solazábase éste con su hija y toda la servidumbre palaciega de gran guisa, que esta costumbre tenían los magnates de llevar á los suyos bien s w t s tw r -i i í V. -í 1 vestidos, como sus propios cuerpos. Vióse entonces algo, que á cuantos estaban presentes dejó atónitos y suspensos. De la rubia y sedosa cabellera de Rosalinda brotaban tenues formas de brillantes matices, que revoloteaban con caprichosos giros en el diáfano azul é iban á posarse sobre las flores, levemente mecidas con tan liviano peso, u n a s eran rosadas, hojas de rosa agitadas con gracia viva; otras eran azules, hojas del cielo en inquietud palpitante; algunas estaban espolvoreadas de oro, todas volubles, vivaces, tornadizas. Desde entonces, los pensamientos de la mujer son mariposas. LEJÍA: S. VNT G R A A L DIUUJOS UE R E G I U O R (N Ú M E R O 29 UE N U E S I K Ü CO. NCL ltiL) L) E IJUE. NTOS FANTÁSTICOS)