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1 Jl. I- t íí S- í ¡S El OFiqen de las marip I 5! C A princesa llamábase Rosalinda. T, as rosas rosas no eran tan rosas como sus mejillas, semejantes á los dedos de líos: su cabellera era dorada como un mediodía, y ia postrera luz heniana, luz de claveles, luz de brasas, luz de púrpuras, no tenía la diafanidad de su boca frag- ante de sonrisas, dulces sonrisas que extasiaban á g ráciles chorros de agua en las cuenteas de alabastro y hacían enmudecer á los ruiseñores, recogidos de arrobamiento. Rosalinda paseaba por los parciues reales, líl pie leve de nieve, perfumado con esencias ricas y embutido en las sartas de perlas de su sandalia aurina, hollalja el polvo crujiente y argentado de los senderos, dejando estela de ensueños y de quiriieras. Ivn. trc el boscaje de los rosales florecidos había murmurios de admiración palaciega, líl césped liúniciio y lozano se inclinaba blandamente con ondulaciones ceremoniosas de mar en calma. Rosalinda amaba las flores, esas almas sutiles cuajadas en cuerpos frágiles, u n a rosa sangrienta como el rubí- -en heráldica gvties- -recortábase neta sobre el azul zafirado del cielo- -azur heráidico. -Acercóse Rosalinda, y la rosa- -vaso sagrado con sangre de ofrendas- -derramó aromas. El seno de la princesa latió azorado, como cordero bíblico, bajo la seda del corpino, en donde las piedras preciosas temblaban con destellos fugaces, y sus labios birscaron á la rosa que se deshizo; los pétalos caían levemente, volteando en el aire como plumas de color carmín. Rosalinda lloró por la rosa deshojada. Poco más lejos, de los macizos verdinegros surgía una flor blanca con la opacidad irisada de las perlas- -margaritas en heráldica normanda. -Llegóse hasta ella Rosalinda, y la flor, que era cual pomo de argentería, vertió bálsamo de perfumes y ungió a l a niña, como en un tiempo María de Magdala. al Kazareno. Rosalinda sintió de nuevo el tremor azorando su pecho y haciendo temblar en la seda del corpino las piedras preciosas de fugaces destellos. Arrodillóse poseída de temerosa adoración y llevó sus labios pálidos hacia la flor blanca. En los pétalos fué naciendo un cerco tenue de marfil que luego se tornó rojizo. Y la princesa lloró sobre la flor marchita. Rosalinda hubiera querido inmortales á las flores, siempre frescas, de gracia fragante; gustaba de acariciarlas, pero fenecían bajo sus besos. I a princesa sollozaba en su jardín poblado de abatimiento, h a brisa con suavidad cariciosa enjugó sus lágrimas para diluirlas en frescor. Oyóse de pronto a; uerrera fanfarria de arneses y trotones recios. Del lado de Oriente venía un cortejo alegre y vistoso, con un mozo apuesto, caballero en negro corcel, á la cabeza. Elevaba é. stetodo su traje blanco, menos los chapines, c ue eran de color carmesí, y una ard. iente rosa de Persia bordada sobre el jubón. A entrambos lados d é l a cabalgadura pendían gualdrapas de tisú sembradas de rosas hechas con piedras rubíes, que por realidad se tuvieran. Eonnaban el séquito otros muchos caballeros con arreos y vestes muy semejantes, aunque de menos fausto y ostentación. Miró la princesa al joven que cabalgaba al frente, y vio que era gallardo, niayestático en el porte, imperioso en el mirar de sus ojos ne. a: ros, grandes y profundos. La rosa roja sobre el pecho blanco palpitaba como uu corazón. Perdióse la comitiva camino del palacio real. Pensaba Rosalinda en la rosa c ue parecía un corazón palpitante y enamorado, cuando nuevo rumor estruendoso y marcial hendió los aires y pobló el jardín con el triunfo vibrante de un himno. Del lado del Poniente avanzaba otro cortejo brillante. Dos heraldos, caballeros en corceles blancos, lucían dalmáticas rojas con una gardenia bordada sobre el pecho, y tañían largas trompetas de oro enguichadas en hilos de coral. Caminaba tras ellos un joven rubio y lindo. Su casquete era de seda roja, así como la vestidura; los chapines de blanco terciopelo, y en su pecho detonaba una gran gardenia obrada con piedras sin medida y de aljófar muy grueso. Seguíale buen número de caballeros, todos ellos vestidos de iguales colores heráldicos, si bien eran sus atavíos más modestos, según cuadra á servidores. Miró la princesa al joven señor, y pudo ver cómo su rostro de adolescente mo. straba hu. mildosa galanía y rendida gentileza, muy bien acordada al color de sus ojos azules, acariciadores é implorantes; en el pecho, destacada sobre el rojo, la gardenia temblaba como una paloma blanca que se posase so-