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rxÁ, en los tiempos heroicos de Grecia, parece ser que había c: i tierra de Boocia un buen hombre llamado Hyrieo, que se había quedado viudo y sin hijos. El buen hombre se abvirría muchísimo, y como disponía de algunos cuartos, bien que entonces aún no se hubiese inventado la, moneda, anhelaba tener un sucesor ó heredero, deseo común délos viudos, beocios ó- no; mas no sabemos por qué razones, H 5 rieo no quería de ningún modo contraer segundas nupcias ni acercarse á ninguna mujer, lo cual, en cualquier tiempo, hubiera sido una seria dificultad para que el buen hombre lograra sus ansias. Pero es preciso contar con lo dicho. Eran aquellos unos tiemposielicísimos y admirables; y aunque Hyrieo no hubiese tenido la dicha de contar entre sus contemporáneos al milagroso D. Antonio Maura, gozaba, en cambio, el inefable placer de que anduvieran por el mundo nada menos que el- padre de los dioses Zeus ó Júpiter, el dios de las aguas Neptuno ó Poseidón, y el dios del descanso dominical Kermes ó Mercurio. Y andando por el mundo estos tres acreditados y divinos seres, les ocurrió un día que iban de aventura pararse en casa de Hyrieo, quien después de as- aaaiarles con lo mejor repuesto de su despensa, hubo de quejárseles de la soledad en que se hallaba y exponerles su afán de tener suce. sión. Los tres dioses, que después de comerse una ternera habían empinado el codo olímpicamente, se rieron con aquella enormísima y estentórea risa que tan elocuentemente nos describe Homero, y después, para p a g a r l a hospitalidad de Hyrieo, le mandaron llevar al sitiodonde se hallaban de sobremesa la piel de la ternera que se habían comido. Mercurio, que en su calidad de comerciante era muy habilidoso para cuestión de líos y paquetes, hizo u n a especie de odre con la piel de la ternera, y después, los tres dioses... ¿cómo lo diré? en fm, lo que hicieron en el odre aquél fué infringir las ordenanzas municipales, que tampoco se habían inventado aún, después de lo cual se marcharon tan contentos. Hyrieo recogió piadosamente la corambre con su precioso contenido y lo enterró en su huerta. Al cabo de nueve meses, ¿cuál no sería su asombro al ver salir del lugar donde el zaque estaba enterrado un hermoso y robustísimo niño, que, según todas las señas, había de ser después un terrible gigante? De tan maravillosa manera nació Orion, único hombre del mundo que ha tenido la dicha de poseer como padres verdaderos á tres dioses en comandita, y como padre putativo á un hombre, si bien es verdad que el pobrecito no tenía madre. Con todo, Orion, que era buetio y confiado cual suelen ser los gibantes todos, se portó m u y bien con Hyrieo; y muerto éste, se dedicó á la arquitectura con todas sus fuerzas, dicho sea en sentido material, pues cogiendo un pellizco de la tierra, formó el promontorio de Péloro; hundiendo en el mar sus dedazos, construyó diversos puertos y ensenadas, y dicen que tamÍDÍén fué famoso forjador. Muy enamorado por naturaleza, se casó primero con la bella Sidé, y al quedarse viudo se prendó de la hermosa Mérope, hija de Enopión de Chíb. Hízose de pencas Enopión, á quien no le gustaba un gigante para yerno, y Orion cometió la brutalidad de tomar por fuerza lo que le habían negado. Para vengarse, Etiopión hizo que los sátiros emborrachasen á Orion, y aprovechándose de su embriaguez, le saltó los ojos. No hay cosa más triste y compasible en el mundo que un gigante ciego. Así, un niño se compadeció de Orion, y conduciéndole siempre hacia Oriente, le llevó al sitio donde se hallaba la diosa Aurora, la rododáctüos, ó dedos de rosa, como la llama siempre el padre de la Iliada. Apiadada la Aurora y enamorada sobremanera, devolvió la vista á Orion; pero estaba de Dios ó de Júpiter que el pobre gigante comprobase una vez más lo que dice aquel cantar: No hay perdición en el mundo- -que por mujeres no venga; bien que tampoco el cantar se hubiese inventado todavía. Ello es que la Aurora quería bien á Orion, en tanto que Orion estaba enamorado de Diana, la esquiva cazadora. Hubo una lucha terrible, que diferentes poetas han cantado, y cuyo final fué desastroso. I, a impía Diana, que en varias ocasiones había azuzado contra Orion á varios animales feroces, viendo que el valeroso enamorado á todos los vencía, le soltó cautelosamente un escorpión venenoso que, habiéndole picado en un talón, le causó la muerte. Este y no otro es el escorpión que figura entre los signos del Zodiaco llamados Libra y Sagitario, y es una bella constelación compuesta de una treintena de estrellas, que trazan un gran arco en el cielo. DIBUJO DE XAUDARÓ W. B.