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¿No notas cómo todavía andan flotando vahos del incienso de la íiltima procesión? La cera huele á iinierte, el incienso á paraíso. Pero, estando ahí tú, frente á mí, ni deseo la libertad ni la bienaventuranza. Y él á ella: -No hace mucho cruzaron entre tú y o dos que venían á unirse delante del altar. El vestía de ne ro y estaba descolorido. Ella se cubría el albo traje con velo de albo tul, y se coronaba con flores de íiaranjo. Debajo del velo resplandecían las joyas. Temblaba, y el color de su cara ruborizada se transparecía. Su ropaje caudaloso la seguía por los peldaños como una catarata espumante. Al salir oí que él pronunció: ¡Para siempre -Iban y a del brazo. Y después he vuelto á verles, pero nunca juntos. -Extraño, -opinó ella. Insistió él: -Y no habrás olvidado aquella otra pareja que, á la media noche, al descender la última campanada, buscó asilo en este pórtico, entre nosotros. Xo Querían que los viesen. El calor de sus cuerpos traspasaba la piedra de mis pies. Sus prome precipitadas, repetic suspiradas, eran fue yo creí que un incen nos envolvía, poniendo término á nuestra dulce contemplación. No d i a l o g a m o s aquella noche: los dos refugiados la encontraron corta y no se apartaron hasta que el amanecer horripiló de frío sus c a l c i n a d o s huesos. ¡Cómo te alarruaste, cómo tendiste tus manos imploradoras! Y la noche siguiente v o l v i e r o n y nos hicieron sentir algo no sentido, envidia miserable de la vida terrestre... Pero ya nunca más les vimos, y e s t o y seguro de que no se v e n tampoco e l l o s separados por ríos, montañas y mares, por océanos de distancia, de dolor, de d e s e n g a ñ o ¿V e r d a d que es incomprensible? -Incomprensible, -d e c l a r a pensativa. -Extraordinaria esta casta de los hombres, -reprueba él, ¡Ten piedad! -sugiere ella, ¡A i cuando les traen ahí posítarios sobre un do y anuncia terrore; Y él repite, bajo: -Morir... -Y ella susurra: -Morir... Cuando le ensené á un arquitecto famoso los adorantes un día en que los alelíes de las grietas florecían y las golondrinas se posaban sobre los curiosos apóstoles de la archivolta, el sabio objetó: -Esas figuras no tienen razón de ser. Ni dan solidez al edificio, ni se explican ahí colgadas. ¿Qué hacen, me quiere usted decir? Creo que respondí: -Adorar... EMILIA PARDO BAZAN DIl; j. oS Dir M ¿N EZ nRixGA