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Y los adorantes, sordos á la chusma, ignorantes de sus vociferaciones, insensibles cuando los chicos, precoces pelotaris, les envían balas rechazadas por la rigidez de la piedra, siguen mirándose, bebiéndose, absorbiéndose. Sus manos hieráticas, bellas, suplicantes, no se desunen; sus cuerpos no se aproximan. Nada temen los adorantes, como no sea algún cataclismo de la tierra, alguna violencia de los hombres, que impulsando siis masas les precipite al uno contra el otro. Saben o adivinan la mentira de las uniones, la decepción de los intentos de identificarse acercándose. Quieren evitar lo que les haría pedazos, conservar su figura delicada, su gracia mística, su cp. lma engañosa, interiormente trepid ante de ilusión y de afán. l, a ciudad duerme; los propios angelotes del retablo de la iglesia han cerrado sus párpados, fatiga- T dos del luminar de los cirios y del apre- mió de las oraciones. La luna, rom, piendo un velo de nubes, asoma como una gota de llanto cuajada y fría. Las duras ventanas cerradas; el paso tardo del sereno; las campanadas graves del reloj de Paiac. o, son cosas solemnes en que hay lo hermoso de lo triste sin causa. Y los adorantes, solos, quisieran, sin unirse, acercarse un poco más, sólo un poco, no mucho. A la distancia en que un perfume de flor es suave todavía y no emÍDriaga aun. A la distancia en que las líneas del rostro que se lleva dibujado en las entrañas no se ven borrosas, pero tampoco se marcan con relieve excesivo, sino que las idealiza u n a delicada bruma. Quieren balbucirse clárrsulas que el viento de la noche conduce de espíritu á espíritu, sin que las sorprendan los curiosos apóstoles de la archivolta, perpetuamente inclinados en actitud de no perder de vista á los adorantes. Y él le dice á ella: ¿No recuerdas que hace seiscientos años, la noche de nuestras bodas, cuando por primera vez, lisas de juventud nuestras mejillas, inmaculadas nuestras vestes, nos dejaron solos aquí, mirándonos la luna semejaba como hoy, una perla gris muy melancólica, y los luceros asomaban cansados, sin brillo? El mundo era viejo ya cuando principió nirestra juventud infinita. Y ella á él: -Me acuerdo que desde entonces todas las uoches me hablas, y el silencio es un cántico. Y él á ella: -Los niños jugaron en el atrio esta tarde. Sus voces sonaban alegres. Puede que ellos no comprendan lo enfermo que está el mundo, lo caduco de todo. Y ella á él: