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PÁGINA DE LA LEYENDA ÁUREA p R A vasta la pieza, elevada de techo; recios, for midables los muros; el pavimento de madera crujiente. En uno de los testeros destacaba, sobre el blancor de la pared, la mancha obscura de una estantería de nogal, bien surtida de libros á cual más venerables: libros de oraciones, breviarios, la Stanina Teológico e l I los Sancto- -2i m, alguna vieja novela romántica y tal cual volumen de poesías, ya rcligios a s y a declaradamente profanas. Un bargueño antiguo, ornado de incrustaciones metálicas, de aplicaciones resplandecientes, al lado del estante, mostraba su hechura castiza. Sobre el bargueño, un crucifijo de ébano sostenía la blanca forma de un Cristo de marfil. Luego, esparcidos por los muros, encuadrados en marcos dorados, en marcos negros, protegidos por verdosos vidrios, g r a n cantidad de grabad o s agua- fuertes valientes, enérgicas; tiernas escenas amorosas entre caballeros muy p u l i d o s y corteses y damas muy recatadas y muy honestas; pasajes bíblicos y algunas estampas alegóricas c o n sus leyendas en el bello francés del siglo xviii, que bien decían Riejj. ne plait tan mix helles qite le courage delguerriers, ó bien aseguraban que las bellas sabían responder á las intimaciones de los galanes discretos y enamorados con el más puro y más ideal de los amores. Sentado cerca de la ventana, el señor cura párroco de Cartujín lee en su breviario. Espejean con fugitivos relámpagos luminosos las gafas que cabalgan sobre su n a r i z aquilina. Los l a b i o s sumidos barbotean confusamente, con un continuado rezongueo, los conceptos latinos. De vez en cuando dirige una mirada hacia la verde campiña ó recorre de un rápido ojeo los viejos muebles de su estancia, muebles llenos de recuerdos, y en los que hay algo de su vida, de su vida monótona y lánguida, de su pobre vida sin pasión y sin amor. El señor cura de Cartujín, D. Fernando de Casa- Cruz, era un hombre alto, seco, nervioso. Su vida era ejemplar; sólo dos aficiones, tercas como vicios, habían inclinado su espíritu: la lectura y la caza; y á la caza y la lectura dedicaba todos sus espacios de vagar. Los domingos, luego de haber dicho su misa y de haber pronunciado su pequeña plática, montaba en el pobre rocín, pacífico, manso, lento, y se alejaba del pueblo en busca de emociones, prometiéndose una caza copiosa, abundante. A la noche, en su casa, cogía un volumen de la biblioteca y dejaba pasear libremente su imaginación por los floridos campos de las amables leyendas ó de las románticas narraciones. D. Fernando sólo vivía para esas dos aficiones: la caza y los libros. Miraba siempre con ternura inefable aquellos estantes repletos de volúmenes. Allá en la penumbra, envuelta en los crespones impalpables del crepúsculo, que iban haciendo cada vez más compacto su tejido, ergiríanse los estantes, y al recordar las historias, las aventuras, los amores trágicos, los amores místicos, las páginas de prosa ascética y conventual, las risueñas páginas en que se narran vidas de vírgenes, que se dirían vidas de flores, D. Fernando veía poblarse la sombra de figuras vagorosas: héroes, gentiles amadores, damas sonrientes, y en la altura, ingrávidas y flotantes, las eté -í -í reas imágenes de ingenuidad 3 pureza que fueron flores de fragancia suprema en el supremo jardín de Jacobo de Vorágine. Leía D. Fernando en su breviario, á la indecisa luz del atardecer; iba á sumirse el paisaje, que á través de los verdosos y emplomados vidrios se veía, en la calma de la noche. Y de súbito asalta á don Fernando una honda preocupación: piensa en San Julián, en el buen San Julián, cazador estupendo, 3 en cuyo n o m b r e vienen envueltos rumores de cacería, p i a f a r de corceles briosos, aullar de jaurías feroces. Por una selva de sombra y de misterio pasaba el formidable cazador. Iba allá, por entre la espesura de la selva hosca, Julián á c a b a l l o persiguiendo toda clase de alimañas en correría loca. Y un día sus manos, teñidas por la sangre inocente de las víctimas, se abatieron como obedeciendo á una fuerza superior sobre los cuerpos de sus padres. D. Fernando pensó que había sido cruel. En su amor al ejercicio de la caza, no había reflexionado en el dolor que él, el bueno, el apacible párroco de Cartujín, sembrara á su paso por los campos verdes y húmedos con el rastro de desolación que fuera dejando tras sí. Entonces tuvo un sentimiento de piedad profunda para todas las criaturas y para los hermanos pájaros. Y su corazón se llenó de tristeza, y de sus ojos, cayeron sobre las páginas amarillentas del breviario, redondas, pesadas, dos lágrimas... BERNARDO G DE DIBUJO DE J FRANCÉS GANDAMO