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En el alma de Ventraces se mezclaban ingenuamente los dos pesares: el de la muerte de su tío y el del asesinato de su burro. Lucero llevaba seis años en aquella casa. Ventraces y el burro no se separaban nunca. Juntos iban al molino, á la villa y á todas partes. E r a casi un compañero de Xan el bueno del burro. Además, bien valía el animal diez duros. Estaba sobradamente justificado el dolor de Xan de Ventraces. Los vecinos de Ventraces se despidieron discretamente. Unos le dieron el pésame por la muerte del lío Marcos; otros por la del Lucero. Xan agradeció á todos esta prueba de amistad. Anocheció. Se inundó la era con la luz de la blanca luna de Junio. Sus rayos pusieron una aureola de blancura sobre el afelpado lomo de Lucero. Xan, antes de recogerse en casa, dirigió al burro una mirada de ternura, y en hondo suspiro envol. vio esta frase cariñosa; ¡Coitadtño... ¡Mümo parece que está durfniendo! II Xan no pudo conciliar el sueño durante aquella trágica noche. Aún se borraban en el cielo las últimas estrellas ante los resplandores del amanecer, cuando Ventraces seguía el camino que conduce á la villa. Era día de feria, y el hombre no perdió el tiempo: dio una vuelta por la feria, admiró las bestias, saludó á los amigos y, ya bien entrada la mañana, se dirigió m u y decidido al bufete de D. Eiborio. AHÍ estaba D. Ciborio, seco y rígido, con sus gafas que brillaban centelleantes sobre la aquilina nariz, y teniendo por fondo una estantería de libros, la mayor parte de ellos forrados en pergamino. En un banco de madera había sentados algunos labriegos. Eran clientes del docto y temible D. Ciborio, abogado viejo y conocedor de todos los resortes, fuerza y vigor de las leyes escritas. Xan de Ventraces, llegado su turno, dijo en tono humilde al abogado: -Señor: yo tenía un burro, el Lucero. Este burro era pacífico, de muy buen natural y trabajador como nadie, mejorando lo presente... Y Xan se dirigió á los que estaban sentados en el banco. Eos aludidos agradecieron la fineza con una sonrisa. ¡Adelante! -murmuró D. Eiborio. -Pues bien- -prosiguió Ventraces; -un cazador, que no es cazador porque no sabe nunca adonde dispara, dióle un tiro al Lucero y lo mató. ¿Tengo derecho, D. Eiborio, j ara cobrar el burro? El abogado miró á Xan con fijeza. Ventraces permaneció impasible. -Según. ¿Hay testigos del hecho? -Sí, señor; dos. ¿Dos? Te asiste derecho, -exclamó con tristeza el abogado. -Entonces ¿usted no tendrá inconveniente darme la consulta por escrito? -Ninguno. D. Eiborio escribió la consulta. ¿Cuánto le debo por su trabajo? -Cinco pesetas. -Ahí van- -dijo Ventraces. -Ahora, D. Eiborio, yo le pido que me pague cincuenta pesetas. ¡Cincuenta pesetas! ¿Por qué... -Porque usted, D. Eiborio, fué quien mató al Lucero, que valía más de cincuenta pesetas. Supongo que no se negará á darme el dinero, porque, según usted dice bajo su firma, tengo derecho á reclamarlo. ¡Enterado! Toma- -dijo D. Eiborio largándole las pesetas. ¡Ah! y da gracias á los testigos... ¡que si no... -Disimule, y mandar, D. Eiborio- -contestó Ventraces; y haciendo cortesías, se salió del bufete del abogado. Eos labriegos que estaban sentados en el banco se sonrieron socarronamente. III Anochecía. A lomos de un burro blanco tornaba Xan de Ventraces hacia la aldea. El alald sonaba en el valle. Xan, á todo pulmón, entonó una copla. Al final lanzó un aturuxo que rebotó con agrios ecos en las peñas del monte cercano, y después dijo alegremente al burro: -Arre, Lticero. En memoria del Lucero fenecido, había Ventraces bautizado con este nombre al nuevo burro comprado con el dinero de D. Eiborio. Era el cuarto Lucero que Xan de Ventraces tenía en su casa. Afortunadamente para él, no quedó interrumpida aquella dinastía de Luceros por el tiro del abogado. CAJIII, O B A R G I E E A DIBUJOS riE KEGIDOR