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íí í -m. í i i. XviV I V A N de Veijtraces, por entre los castañares, se dirigía acongojado hacia su hogar. Venía de enterrar á su tío Marcos. Su amado tío Marcos le había nombrado heredero de dos magníficos prados y una yunta de bueyes. ¡Qué bueno había sido el tío Marcos! Allá le había dejado para siempre, en el tranquilo cementerio de la aldea, á la sombra de los cipreses y bajo rosales en flor. ¡Pobre tío Marcos: Abstraído por tan tristes pensamientos, avanzaba Ventraces por el camino, tropezando en los pliegues de su prehistórica capa, que se había puesto, aunque era el mes de Junio, para enterrar con solemnidad á su pariente. El sol declinaba. Los ecos del melancólico a ¿alá sonaron en el valle. En los húmedos prados, los mozos y mozas que segaban la hierba entonaban dulces coplas diciendo amores, tristezas y saudades. Eos acentos del olaíd se alargaban cadenciosos, se mezclaban entre sí éiban á fundirse con el sonoro gemido de los pinares. Tentado estuvo Xan de Ventraces, sugestionado por los ecos del a ¿a ¡d, á entonar una copla, pero en atención al fúnebre acto que acababa de realizar y al traje de etiqueta que vestía, no se atrevió á cantar, y mudo y ceremonioso llegó á su casa. Desde el pórtelo de la era oyó Xan horribles lamentos y exclamaciones desesperadas. Quien se lamentaba de tal modo era su esposa Sábela. Xan de Ventraces se precipitó sobresaltado en la era. Sábela, al verlo entrar se dirigió á él, y sin cesar en sus lamentaciones, le señaló con el dedo hacia el hórreo. Eos ojos de Ventraces cayeron sobre el Liicero, su hermoso burro Líicero, que yacía en tierra con las orejas lacias, las patas rígidas y la cola engarabitada. ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado aquí? -exclamó con angustia Ventraces. ¡Han matado al Lttcero! ¡Un asesino dióle un tiro al Lucero. ¡Pobre Lticero! ¡Yo quiero morir como el Lucero! -gimoteaba Sábela. -A ver, ¿cómo ha sucedido esto? Pero aguardarse, que con la capa no me entero de nada. Y Ventraces entró en la casa á desembarazarse de su espléndida capa. Una capa que hacía lodos con ella, de esclavina enorme y cuello tan alto que le cubría las orejas. Cuando Ventraces, en días señalados, se ponía la famosa capa, era hombre perdido. No podía moverse á gusto, ni oía, ni se daba cuenta de nada. Ya libre de la capa, pudo Xan enterarse del terrible accidente. Tenreiro, testigo presencial, le contó lo que había ocurrido. D. Eiborio, el abogado de la villa, había pasado por allí cazando y... ¡pitm! tiró sobre el Lucero. Esto lo habían visto el propio Tenreiro y Valiño, que estaban trabajando juntos en un huerto. D. Eiborio, después de hacer fuego á tontas y á locas, fué á cobrar la pieza, y al enterarse de lo que había hecho, agazapándose entre los vallados, se escurrió hacia la villa. Indudablemente, opinaba Tenreiro, fué un tiro por equivocación, porque el Lucero ¡almiña de L ios. no se había metido con D. Eiborio. Ea culpa de todo la tuvo la miopía enorme del abogado. Quizás había confundido al Lucero con una liebre, ó sabe Dios con qué otro animal. Ventraces, ante la relación de Tenreiro, quedó anonadado. Sólo piído murmurar: ¡Dios me ampare, todas son desgracias! Vengo de acompañar á la sepultura al tío Marcos, y me encuentro en casa sin vida al Lucero! ¡Pobre tío Marcos! ¡Pobre Lucero!