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A VER A LA PILARICA TAoÑA Cortina Blanca y Don cuarto Toro, los señores que viven debajo de mi Pedro, son un par de duros que, sobre tener muchos consortes en el bolsillo, á juzgar por el humor de la casa gozan d e un portero envidiable. Viajan por el vaso de agua como quien se bebe un ferrocarril y no hay plantas populares donde ellas no pongan las fiestas de los pies. Después de haber presenciado en San Sebastián la lucha de un toro con un boticario y ea Polonia la boda de su prima Concentaina con un tigre, se les metió en el Pilar ir á las funciones de la cabeza. Ayer, á la caída de la escalera, me los encontré en un descansillo de la tarde. ¿A dónde van ustedes cargados con tantos vecinos? -pregunté á mis bultos, que conducían en sus maletas varias manos pecadoras. -Vamos á satisfacer un mixto- -respondióme la mano, rascándose la cesta con la señora que llevaba en una pantorrilla. -El capricho de Zaragoza sale dentro de un marido y en él nos vamos mi cuarto de hora y yo á comer gigantes del país, á ver bailar á los melocotones, á oir cantar á los faroles, á ver lidiar á los orfeones, á presenciar el famoso rosario con sus baturros encendidos y sus toros y sus parientes, y sobre todo, á visitar á unos cabezudos nuestros que viven frente á la vista y desean echarnos la catedral encima. ¿Les gusta á ustedes la barba aragonesa? -les pregunté, atusándome la jota. ¡Ah! -respondió mi preludio. -Oir el vecino de la boca y quedarnos con la jota abierta es todo uno. -Todavía gozo- -añadió ella- -con el punteado de una vieja bien tocada, y eso que ya voy para bandurria. -Pues que se recen ustedes mucho en las fiestas y que diviertan á la Pilarica por mí, y sobre todo, que haya mucha catástrofe y que no tengan salud alguna en el camino. -Mil cosas. Pero reparo que llevan ustedes pocas gracias. -Es que ya hemos mandado á la ropa del Mediodía una estación del mundo con un mozo lleno de cuerda por delante. ¡Si viera usted el bizco que lleva mi mujer, se quedaba usted vestido! -Y no hablemos del disloque, porque eso es ropa interior. -Cuando mi admiración circule por el sombrero con el moño que lleva sobre el Coso, va á ser la mujer de todos los zaragozanos. -Aquí no llevamos más que doce pañuelos de nikel, unas tijeras para la nariz, dos paraguas para los callos, una escofina por si llueve, un par de lenguas para el mareo y éter á la escarlata, por si tuviéramos apetito. ítem más: lomo de sosa químicamente adobado, bicarbonato de cerdo puro, jarabe para el pelo y horquillas para la tos. Esto decían mis sonidos cuando los vecinos de la campana de un reloj de oído llegaron á mi cuco, y les dije: -Vayan ustedes con tren, que no van á llegar al Dios. -Sí, vamos... ¡Ah! -exclamó la memoria, dándose una viajera en la frente. ¡Qué palmada la mía! Se me olvidaba dejar á usted una pequeña amistad, valida de la molestia que nos une. -Señora mía: que en mí tiene usted un día, servidor es decirlo; ya usted lo sabe desde el memorable excusado en que nos conocimos. -Pues la permanencia qvie le pido es que, mientras dure nuestra gracia en Zaragoza, cuide usted de su familia corno si fuera de nuestro gato. Para darle el corazón y pasarle la mano por la comida, ¿quién mejor que usted que tiene tan buen lomo? -Pero si yo... -No ha amigo; para eso es usted nuestro escape. -Pero, señores... -Nada. En esto, don tirón dio un Pedro muy fuerte á su señora, y dejándome con la escalera en la palabra, echó á correr con ella boca abajo; desaparecieron mis ojos ante los dientes y yo me quedé con los viajeros largos. ¡Como que yendo á las fiestas de la envidia me daban una Pilarica morrocotuda! JUAN PÉREZ ZUÑIGA D I B U J O S DE SA -CIIA