Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Ecos de antaño 1- 1 A L R de cosas pasadas es manía de BA viejos. Y el caso es que sería más natural, cuando estamos ya para morirnos, discurrir ó divagar sobre lo venidero. Para los jóvenes puede haber algún encanto en indagar lo pretérito, pues ya verán i. I, H JL i por sí mismos lo futuro; los viejos, al I í IF- Í SÍSISXM contrario, deben sentir curiosidad por g i Hlt yEz- penetrar en lo que no han de ver, que n ji visto y vivido poco interés puede g, inspirarles. Sin embargo, es bien sabido que í todos los ancianos se complacen re cordando las majaderías de su juventud, y le dan la lata al prójimo cuando se presta á escucharlos. Por mi parte, preferiría conversar, discutir y aun desbarrar acerca de las cosas por venir. Ya que no he de verlas, me gustaría saborearlas aunque fuera de imaginación. ¡Pues apenas me entusiasman los sucesos que preveo, los cambios que pre. ades que adivino! Me entusiasman tanto como las cosas pasadas me fastidian; en el tiempo que he vivido no ha pasado nada: llenaron el mundo monarcas de relumbrón, personajes de pacotilla, plagios artísticos ó literarios y revoluciones inocentes. Y aun siendo así, nadie me pregunta sino de aquellos tiempos que yo quisiera olvidar. Se me pide que evoque nis recuerdos, que cuente algo de lo que he visto sentido, que haga de sepu. lturero revolviendo cadáveres y profanando tumbas. Sea... Pero ha de permitírseme que no diga nada de lo que sabe cualquiera, ni de lo olvidado á fuerza de sabido. Quisiera recordar únicamente las notas discordantes en el monótono concierto de mi siglo; siento más simpatías por los aguafiestas de todos los calibres y de todos, los colores, que por los ortodoxos de todas las creencias; por los vencidos en las humanas luchas, que por los celebrados vencedores; por los originales, que por los rutinarios; por los interruptores, que por los oradores. Los interruptores... Ya tengo tema para el primer capítulo de un libro. Se me ha pedido un libro de recuerdos, y la verdad es que yo no quiero acordarme de los discursos oídos- la mmensidad! -pero sí de las interrupciones. Ya lo sé; no todas las interrupciones son felices ni todos los interruptores son bien educados; pero los hay elocuentes. Orador tan culminante como D. Antonio Maura afirma que los discursos requieren preparación; todos son preparados, más ó menos preparados. ¿Sucederá lo mismo con las interrupciones? Algunas veces. La interrupción preparada, quizá de acuerdo con el orador interrumpido, no tiene mérito alguno. La que tiene por objeto molestar al orador, hacerle perder él hilo del discurso y aun insultarle, es, más que incorrecta, ilícita. Pero la improvisada, la espontánea, cuando revela ingenio y no causa mortificación, merece consignarse en el texto del discurso para que viva tanto como éste. im la historia parlamentaria de España, tan fértil en frases y en malas intenciones, los interruptores han rebuscado el chiste, y no siempre han acertado; pero no he de hablar de las interrupciones registradas en el Parlamento, sobrado conocidas, sino de algunas de las oídas por mí en otras reuniones públicas. Paréceme que el exordio resulta más extenso que el capítulo; entremos en materia. No hablaré de todas las interrupciones que recuerdo, pues algunas- -tal vez las más ingeniosas- -debían toda su gracia á la oportunidad de la ocasión. Lo que en ciertos momentos era de pura actualidad, hoy parecería, por lo trasnochado, impertinente. Y el respeto debido á la publicación que acoge mi prosa humilde, me veda recordar interrupciones y frases de García López y de Fernando Garrido alusivas al rey I) Amadeo. Pero en el famoso club de la calle de la Yedra hubo interrupciones igualmente memorables, y me propongo recordar algunas. Discurría una tarde cierto orador vehemente contra las tendencias allí predominantes, contra los que sin necesidad combatían la religión, contra lo que él llamaba excesos demagógicos, y dijo estas palabras: -Los seres más inútiles son precisamente los cp, e siempre están haciendo ruido... Con las canapanas! -le interrumpió Treserra. Otra noche se defendía un orador de varios cargos que se le habían hecho, y decía: -Como Aquiles, soy invulnerable; no lo es tanto como yo el ciudadano Altadill, que se hace eco de acusaciones inju. stas, y yo he de herirle en su talón vulnerable. -Puede ser- -le interrumpió Altadill- -que alcance usted á herirme en un talón; y en ese caso, la altura de la herida nos dará la medida del agresor. Una vez se presentó en el club una señora inofensiva y simpática, pero ansiosa de lucir sus dotes oratorias. Las tenía, efectivamente; pero bajó de la tribuna muy desconcertada por una interrupción que la privó de lucirse. Plmpezó diciendo: -Señores, seré brevísima... ¡Aumentativo de breva! -interrumpió una voz. Y va que estamos en interrupciones, me interrumpo. I DIBUJO DE ES EVATN NICOLÁS E S T E V A N E Z