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C U E N T O S TÁRTAROS m POE MUCHO MADRUGAR... Pues señor... (respetando la costumbre, quiero darle á mi cuento fonos clásicos) el compañero f iiúfon -como se le llamaba por el barrio- -érase un albañil, buena persona, trabajador y honrado, que estaba en el secreto de que nunca, remedando a Blondín por el andamio, saldría de esa vida miserable, que sólo ofrece en cambio un cocido amarillo al mediodía y un ratito de mus todos los sábados... mientras que- -de resultas de algún mitin- -no hacen mutis el juego y los garbanzos. Tenía el ciudadano de mi cuento una gran afición al saca- cuartos llamado lotería, y fal fe en ella, que, persiguiendo el gordo soberano, se pasaba la vida haciendo números y engañadores cálculos. -Mira, mujer- -decíale á su esposa: -podrá fardar la suerte un mes... un año, no lo sé, pero fengo la evidencia de que yo le echo mano. Y no te digo más... Si cualquier día me ves llegar en coche, sin dudarlo dices: Ya somos ricos y al momento tiras por la ventana hasta los clavos, para que yo no vea, cuando llegue, ninguno de estos miserables trastos. -3 facerlo asi le prometió su esposa. Cii- rlo Lii: después de algunos años- -se hallaba la mujer en la ventana zurciendo y remendando una blusa de fíiúton cuando de pronto, por la calle abajo le vio venir en coche. ¡Ya cayó! ¡Ya cayó! -dijo gritando; y en menos tiempo que se cuenta el lance, no dejó en la guardilla ¡ni un cacharro! Pero... ¡oh sorpresa! el compañero J iúfon por un mal equilibrio en el and- amío, venia de la Casa de Socorro que daba pena verle... ¡hecho un San Isázarol... Aprovechad, lectores de mi cuento, la oportuna enseñanza del adagio, y no tiréis los trastos á la calle hasta ver qué sucede... ¡por si acaso! Enrique UIBUJO DE SANCHA