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Al Bebé rosa DEVESEIS de fortuna largos de contar hundieron al capitán Horacio Leblond en una de esas ciudades viejas de Castilla d o n d e todo es silencio mortal ó murmuración semisilenciosa. Leblond había sido capitán de coraceros en el ejercito francés durante el segundo Imperio. Católico y legjtimista, al proclamarse la República pidió el retiro, y deseoso de recobrarse en algún modo de las ver. yf güenzas de 1871, ofreció sus servicios á D. Carlos- i- é ingresó en el ejército del Norte con el grado líente coronel. En la facción Dorregaeleó bravamente. España le gustaba. na de Leblond estaba llena de fe pura, ar al frente de soldados católicos á machamartillo en defensa de la religión le parecía el oficio más noble en este bajo mundo. En la facción trabó amistad estrechísima con un capellán manchego, gran teólogo y predicador excelentísimo, que se llamaba D. Celso Ruano. Prendóse el capellán de la bondad y nobleza sentimental de Leblond: ató el capitán su admiración ferviente á la sabiduría, á su parecer inagotable, del cura. Juntos vivaquearon en Olite, treparon por los montes de Elgueta, bajaron desalados á Treviño. Al anunciarse la Restauración, el perspicaz teólogo aprovechó la primera coyuntura para escurrirse sin ruido: una mañana tomó el tren de AIsásua y no paró hasta su pueblo, que era la nobilísima villa de Almodóvar del Campo. Bien se le alcanzaba á Leblond que cuando un hombre todo sapiencia y discreción como D. Celso abandonaba la causa, señal era de que é. sta enflaquecía por momentos. Efectivamente, las operaciones del ejército carlista iban reduciéndole cada vez á un círculo más limitado, y un día Eeblond y los pocos que le seguían se encontraron en la frontera, pasaron por el bochorno de entregar sus armas é insignias y se desperdigaron, mudos y tristes, despidiéndose para no volverse á ver. Leblond, desilusionado y melancólico, se trasladó á su pueblo, que era una ciudad gris y antigua de Bretaña. Al llegar, encontró á su mujer gravemente enferma del corazón. La pobre señora había vivido en perpetuo sobresalto y en oración constante. Murió á poco, dejando una niña de doce años, muy bien educadita, muy mañosa y muy buena: como que era la gloria de las hermanas Asuncionistas, que la criaron; se llamaba Clara. La muerte de su mujer acabó de sumir á Leblond en una melancolía negra. Le habían borrado del ejército; hubiera podido rehabilitarse, volver á ingresar. Ni lo pensó. Vivía malamente, comiéndose los ahorros de su mujer, cuando allá por el 79 ú 80 una carta de España vino á sacarle de la modorra. D. Celso Ruano, canónigo nada m e n o s q u e e n tina de las mejores catedrales, escribía á su antiguo amigo pidiéndole noticias, animándole á q u e hiciese un viajecito á España... A las ocho ó diez cartas que se cruzaron, Leblond se decidió á seguir los consejos de su sabio y venturoso amigo. Y he aquí cómo por el año 80 ú 81 nos encontramos al viejo legitimista en España, consagrando las mañanas á prolijas devociones y todo lo más de la tarde á enseñar francés, con acento bretón, á los candidatos ó aspirantes al ingreso en una academia militar que en la ciudad había. Tanta felicidad no podía durar mucho. Un día Leblond caj ó enfermo. D. Celso, que le visitaba por los anocheceres, le encontró muy mal. Los médicos llamados no entendieron sino que el bravo militar se moría á chorros. Clarita, pues, se quedó huérfana, sin más apoyo que la amistad del buen prebendado; pero Clarita era orguUosa para solicitar protección de nadie. Era una gran encajera, una habilísima bordadora, una costurera infatigable. Con cuatro cuartos que dejó su padre y otros cuatro que aprontó el canónigo, Clarita puso en la calle de la Lonja una tienda, pintada de color de rosa y con el rótulo de A ¿Bebé rosa. Nunca habían visto cosa tan elegante y fina las pacíficas provincianas. La presidenta de la Audiencia, que la daba de literata á ratos, tuvo una frase feliz: Esto- -dijo ante un corro de señoras finas y autorizadas- -es una tienda de nieve y espuma. La tienda de la. francesita, como la llamaron, vino á llenar un vacío que se dejaba sentir en la linajuda ciudad, según tuvo á bien declarar el periódico tradicionalista local, inspirado por D. Celso. No hubo ya necesidad de ir á Madrid en busca de equipos para novias, canastillas de recién nacidos, ni ropa blanca fina, por costosa y elegante que se deseara. El exquisito gusto de Clarita y sus manos de hada sabían hacer milagros con la brillantina, con la batista, con el bordado, con el encaje, con la sedalina blanca, con el tul, con el nipis. Ayudábanle en la tarea las monjitas de la Asunción, á quienes constantemente encargaba trabajo. Por entre las manos de todas aquellas santas mujeres célibes pasaban en nubes de humo blanco los ensueños de todos los amores de la ciudad vieja, revelados en los equipos de novia y los vagos é inefables misterios de los frutos benditos de amor, mostrados en las canastillas y atavíos infantiles. Y si á la mayoría de las vírgenes claustrales toda aquella farándula del amor mundanal no les causaba impresión alguna, á la pobre Clarita sí. Ella i