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IV Las fuerzas francesas, que, con efecto, no tardaron en estar á la vista, no eran muy considerables que digamos. Cuatro hombres y un cabo, que era todo su contingente, no podían intentar grandes hazañas en un pueblo que tuviera siquiera medianos medios de defensa; pero para sojuzgar á aquél, donde no había un solo varón útil ni más arma de fuego que la escopeta del tío Paso- quedo, sobraba la mitad de la tropa. Como los imperiales ignoraban esto, al verse frente al hacinamiento de casuchas, se detuvieron un momento, y el cabo, como acostumbrado ya á las tretas de los españoles, gruñó en un castellano chapurrado: -El que haga de jefe que avance; pero que los demás no den un paso, si no quieren que les friamos á tiros. La tía Simeona, sin hacerse repetir la orden, se destacó del grupo y corrió hacia el cabo, diciendo entre- sollozos: -Venga, venga pronto, militar, que sólo usted y sus soldados pueden librarnos de la gran desdicha que nos amenaza. -Y sin dar tiempo á más preguntas, siguió diciendo con voz atropellada: -Sepa que un condenado cojo que anda reclutando gente por todas partes, ha venido hace poco á llevarse á empellones á los pocos hombresque aquí quedaban, amenazando con volver para no dejar á nadie con vida, porque dice que somos un atajo de afrancesados. Nosotros, que no entendemos de guerras, lo que queremos es que se nos deje vivir e n p a z en nuesti a pobreza, y lo que buscamos es quien nos defienda de las ferocidades de esos desalmados. ¿Y es mucha la gente que sigue á ese endiablado cojo? -preguntó el francés. -De veinte hombres pasan, todos ellos bien armados, -contestó con seguridad la tía Simeona. El cabo volvió los ojos á sus cuatro soldados y murmuró con desaliento: -Es decir, que lo que hemos hecho ha sido caer como imbéciles en una ratonera de la que no ha salida posible. -Todavía hay una, -exclamó la tía Simeona. -Pero es preciso que nos prometa volver con más gente para librarnos de esos forajidos. En aquel momento se oyó un tiro cercano. ¡Ahí están ya! -gritó la vieia. -No hay tiempo que perder. Síganme, que j O les sacaré de estos breñales por un paso con el que no deben haber dado esos condenados buscarruidos. El cabo miró con desconfianza á la serrana, como si presintiera una nueva emboscada; pero la proximidad del peligro le hizo decidirse, diciendo á la que tenía por su salvadora: -Su vida responde de la nuestra. Vaya delante, en la seguridad de que, á la menor muestra de traición, de un tiro la tendemos á nuestros pies. La tía Simeona sonrió de un modo extraño; pero, como quiera que sonara un nuevo disparo de arma de fuego más cercano que el primero, sólo tuvo tiempo de contestar: -A todo correr, si quieren salvarse. Y dando un pequeño rodeo, se lanzó á carrera tendida al otro extremo del lugar. Los que la vieron dirigirse á aquel sitio, no pudieron reprimir un grito de espanto. L no de los ventisqueros tan frecuentes en la sierra ocultaba allí una sima erizada de horribles picos, á cuyo fondo no lleg- aba la mirada. Sólo los soldados franceses, ignorantes del peligro, siguieron sin vacilar á la serrana, que al poner el pie en la movediza capa de nieve que ocultaba el i 5; ii i abismo, no pudo acabar de gritar: -Tío Paso- gitedo, añada usted cinco i rayas más á la cuenta. Un momento después hubiera sido imposible reconocer ninguno de los seis cuerpos que rodaban aún por aquel despeñadero sin fin. V Los franceses, cuando días después se enteraron de la trágica aventura, tomaron tan cruentas represalias, que de llevar ellos, como el tío Paso- qtiedo, la cuenta de los pueblos que dejaban asolados en su paso por España, hubieran tenido que hacer una raya para acordarse de aquel hacinamiento de casas, del que, desde entonces, no queda otro vestigio que un informe montón de pedruscos calcinados. ANGEIV R CHAVES DII; TJJOS D E D O M I X G O MIJÍÍOZ