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para endurecer el piso, cnando el fugitivo, sacando unas horas de ventaja á los que tras de él iban, llegó al pueblo, adquirió la tx- iste convicción de haber dejado el suficiente rastro p i toarlo A para que más tarde ó más temprano se diera con su sruárida. III I a fatal noticia fué conocida por todo el pueblo en pocos minutos. El francés no tardaría en llegar, y su arribo tendría como consecuencia inmediata no sólo el fusilamiento del imprudente viejecillo, smo el saqueo y tal vez la destrucción completa de aquel miserable hacinamiento de casuchas, que á sus moradores se les antojaba entonces rincón del paraíso. Como era urgente adoptar algunas medidas en breves momentos, y sin previa convocatoria, quedó constituida la más extraña junta de notables que jamás vio localidad alguna. Cinco ó seis viejos octogenarios y hasta una docena de hombrunas serranas formaron bien pronto el cuerpo deliberante, del que, sin, oposición de nadie, tomó la dirección v jefatura la tía Simeona C ¡gales, respetable matrona de zagalejo corto y pañuelo de talle, á la que daban doble autoridad su arraigo como más pudiente propietaria, y las inequívocas muestras de patriotismo que se habían visto en ella desde la declaración de la guerra. Ella había sido la primera que había lanzado á su marido y sus dos únicos hijos á tomar las armas en defensa de la patria, y ella la que, para arrancar de sus hogares á los poltrones, había gritado con varonil denuedo: -Idos, gallinas, que mientras nosotras estemos aquí, no han de hacer huesos viejos en el lugar esos descreídos gabachos que quieren quitarnos á Dios de sus altares y de su trono al rey Fernando. Pero, lo que son las cosas: con extrañeza áe todos, la que de temperamentos tan belicosos había hecho ante. s gala, de tal modo contemporizadora y pacífica se mostraba ahora, que a p u n t o estuvo de ver su autoridad derrocada ante las vociferaciones de los que, sin saber cómo ni cuándo, lo que querían era hacer frente al invasor, costara lo que costara. l í- i ir -j! jr- -í r y -V -íí V- A J- m L Sin embargo, el prestigio de la tía Simeona era tanto, que logrando sobreponerse al tumulto, aulló mejor que dijo: ¡Puñales! De mis intenciones nadie dude. Por ahora no se trata de hacer barbaridades inútiles. Salvemos la pelleja de ese viejo desventurado y las nuestras, que no haremos poco con ello, que después todo se andará. Y sin cuidarse de que tenía poco de benévolo el murmullo con que sus palabras eran acogidas por el auditorio, mandó en tono autoritario: -Que nadie esconda ni una sola hogaza de pan ni el más desmedrado cabritillo. Dicho lo cual, celebró breve y secreta conferencia con el tío Paso- qziedo, al que concluyó diciendo en voz alta: -Después, escóndase usté y su maldecida escopeta donde ni los topos puedan encontrarle. Los demás, que me sigan á esperar al francés, en la seguridad de que al que se quede atrás le haré yo andar a palos.