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bas rayas del tío Paso- quedo EPISODIO DE 1808 A lili qíícrido amigo el excelente pintor Domingo Muñoz. p I, pueblo no contaría con muclio más de un par de do -cenas de casas, si tal nombre puede darse al hacina miento de pedruscos necesarios para formar cuatro paredes con otros tantos informes huecos, uno para ingreso de personas y animales, dos para renovación del aire y otro para dar salida á los humos cuando las copiosas nevadas del invierno no interceptaban por lo menos este último. Las condiciones de vida que allí se disfrutaba, y que hacían de ordinario poco envidiable la suer te de aquellos desheredados de la fortuna, no de jaban sin embargo de ofrecei, en la sazón á que se refiere este relato, serias y positivas ventajas. Por más de su comedio iba el mes de Noviembre del memorable año de 1808, y las huestes napoleóniJ- cas, mandadas por el emperador en persona, des- pues de arrollar nuestros exiguos y mal organi zados ejércitos, buscaban j- a los pasos de la sierra para dirigirse en derechura á Madrid con objeto de reponer en su vacilante trono al intruso José. Ciudades, villas y aldeas sufrían las más horribles vejaciones de parte del ejército invasor, y no era poca fortuna en tales circunstancias vivir punto menos que olvidados en la cima de aquellos inaccesibles breñales y hasta carecer de todo lo que pudiera excitar la codicia de los soldados extranjeros. II En la confianza de que nadie daría con aquel escondido retiro, el pueblo hubiera seguido haciendo vida ordinaria si una imprudencia no hubiera venido á destruir de golpe y porrazo todas las ventajas de que allí se gozaba. El autor de tal imprudencia fué el tío Paso- qtiedo, empecatado viejecillo que desde que, allá por los tiempos de nuestro señor D. Carlos III, perdió una pierna en no sé qué campaña, no tenía otro patrimonio que su escopeta, de la que sólo se servía para dar caza á liebres y conejos. Pero es el caso que desde que el tío Paso- quedo se enteró de que el francés andaba por aquellos andurriales, olvidó por completo la persecución de gazapos y gatos monteses, y toda su diversión consistía en arrastrar su pata de palo leguas y leguas, hasta que, dando con una descubierta de soldados enemigos, se situaba cómodamente en sitio en que de nadie podía ser visto, y no abandonaba el tollo hasta dejar tendidos en el camino, trocha, vereda ó lo que fuera, un par de gabachos por lo menos. Cumplida tal tarea, el veterano regresaba á sus lares, y en lo primero en que se ocupaba era en hacer en la pared del mechinal que le servía de alcoba unas cuantas rayas con él corte de su navaja, diciendo en tono satisfecho: ¡Van tantos! Después, las más de las veces, sin cuidarse de que no tenía un mal mendrugo de pan que le sirviera de cena, se dormía como un bendito, soñando en las rayas que se proponía añadir al siguiente día á la extraña cuenta. Por espacio de algiin tiempo, el tan patriótico como improductivo trabajo del tío Paso- quedo no tuvo entorpecimiento alguno, haciendo creer á todos que aquello duraría tanto como la intrusión en aquellas sierras de los soldados imperiales; pero el diablo, que todo lo añasca, hizo que las cosas variaran de pronto. El francés se propuso dar con el furtivo cazador, y no se sabe si valiéndose de traidores, que nunca faltan, ó si aprovechando las dotes estratégicas de algunos soldados viejos, logró al fin dar con el escondrijo del veterano de las guerras de Carlos III. No fué poca suerte para el tío Paso- quedo el que, percatándose á tiempo del peligro, tuviera tiempo de ganar trochas y veredas sólo de él conocidas, antes de que sus perseguidores lograran echarle el guante. Pero como la noche anterior había caído una copiosa nevada sin helar después lo bastante