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Santo se posó sobre el hombro de Doña Raimunda un oájaro bastante grande de ulumaje verde, gualdas carrilleras y corvo pico blanco. Un loro exclamó estupefacta la de Celis, mirando primero al ave y luego á la acacia de donde había brotado aquel volátil. En tanto, el loro se contoneó un poco sobre la espalda de la pensionista y luego, acercando mimosamente su cabeza al rostro de la señora, la picoteó en la boca y dijo: Bonita, bonita, bonita... -Ay 3- y -y. I é Al sentir doña Raimunda en sus labios el beso del loro, se p iso como la grana, y con un movimiento instintivo miró á su alrededor, mientras el pájaro columpiaba su gorda cabeza y hacía girar en sus órbitas los granos kistrosos de sus ojos. Tranquila al ver que nadie había atisbado aquel incidente, la señora ofreció un dedo al ave, quien con gran circunspección se posó encima y humilló después su cerviz bajo el beso con que doña Raimunda pagó el primer piropo de su ya larga vida. Desde entonces, el loro, bautizado con el nombre de Aramis en recuerdo de juveniles lecturas novelescas, fué el encanto de la vida de la Celis. Todo se supeditó en la casa á las rarezas del animalejo, y éste, que era muy caprichoso, traía á mal traer á su propietaria y esclava. Mas doña Raimunda se lo perdonaba todo al loro, en gracia de los mil talentos que poseía. Aramis imitaba á la perfección el mayar de los gatos encelados y la gresca de dos perros que disputan; ascendía por una escalera, saltando monamente por los travesg, ños; hacíase el muerto con perfección suma; sabía muchas canciones, estribillos y frases graciosas. Pero estas artes se obscurecían y nublaban ante una que á doña Raimunda se le antojaba la más sublime de todas: Aramis conocía y repetía de continuo mil piropos. L, os chicoleos eran su fuerte. Sabía muchísimos: espirituales, picaresccs, relamidos, románticos, soeces, y con su voz igual- y rasposa se tos repetía á todo instante á la huénana, quien en poco tiempo escuchó tantas galanterías, como puede oír la mujer más hermosa del orbe. Así, doña Raimunda adoró al pájaro, y su idolatría manifestóse en mil golosinas con que le regalaba el pico. Para Aramis fueron las frutas madura. s, el tierno bizcocho, las jugosas ensaladas, el haevo fresco, el sopón de chocolate. Gozaba de amplísima libertad, y podía pasearse por toda la cass desde la sala á la cocina, trepar sobre los muebles, golpear furioso con las alas y el pico al otro Aramis que se le mostraba en los espejos. Dormía donde le apetecía, y como buen tirano, no usaba dos veces seguidas idéntica alcoba, y una m encima del chinero del comedor, y la siguient posado en los barrotes de la cama de doña R de, sostenido por una sola pata, reposaoa al sionista. El amor de la Celis por su loro se acrecía pe origen del animal. ¿De dónde llegó? ¿De qué j qué prisión lejana se escapó aquel pájaro. 1 nadie se interesaba por él. Ningún anuncio ante el aspecto astuto y socarrón de Aramis, doña Raimunda pensaba que tal vez aqi el oájaro sagaz fuese algún ser humano, meiamorfoseaclo en loro por encantos potentísimos. Da Celis pasó de este modo, en este inii terrumpido éxtasis, el verano, el otoño, e invierno. Llegó la primavera, y con ella los racimos balsámicos de la acacia, el grato espesor de su follaje, donde se incrustaba el balcón. Doña Raimunda gustaba de asomarse, y Aramis también. Como era tan manso, su ama le permitía recorrer todo el barandal, por donde andaba muy grave, deteniéndose de vez en vez y pronunciando entonces alguna frase con seriedad digna de un jefe de partido. Aquella tarde Aramis estuvo más par lauchín que nunca. Cantó el Manóle, los matuteros, la cachucha; silbo, rió con la burla de un eco, piropeó á su dueña, que le oía arrobada... De pronto, y obedeciendo á algún desconociao capricho que cruzó por su cerebro de loro, Aramis saltó á Ja acacia. Da de Celis, algo asustada, le llamó: ¡Aramis, lorito, nionín, ven, ven! Pero el bicho no la obedeció. Colgándose de una rama, se columpió cabeza abajo diciendo: Preciosa, castiza. Después se enderezó, repitió las flores, y sin que doña Raimunda, nueva Ariadna, pudiese evitarlo, verdes, y batiéndolas rápidamente, voló, esc misterio de donde había venido. Da de Celis le lloró como á un hijo, como i á amante. Nunca le pudo olvidar, y hasta la i vó en sus oídos la música de aquella voz extraña, ronca y guasona que le había piropeado. IIIBUJOS DE MAURICIO LÓPEZ ROBERTS Rea dor