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El loro Y oÑA Raimunda Ceiis, pensionista fea y cincuentona, o c u p a b a el piso s e g u n d o de una casa situada al final de la calle de Atoclia desde que perdió á su señor padre, sensible desgracia acaecidapor el año 8o. En aquel cuarto e s t r e c h o sólo alegrado por las acacias que besaban los balcones, pasaron los a ñ o s para la de Celis en sucesión tranquila; formaron poco apoco su vida, una vida monótona, llena de sucesos idénticos, de acontecimientos menudos. El mundo exterior está apartadísimo de esas existencias sosas, ante las cuales sus manifestaciones aparecen insignificantes y tan desprovistas de interés como si ocurriesen en la nebulosa lejanía de otro planeta. Sólo los hechos que rozan la esfera estrecha donde se mueven esos espíritus medrosos pueden conmoverlos, y así se les ve aturdidos por un cambio de sirviente, intrigados por un nuevo vecino, llenos de susto ante la remota probabilidad de incendio que supone la apertura de un ultramarino en la acera de enfrente Todas estas vidas parciales se agitan en el tumulto de la vida total, separadas, revueltas, rágiles cual burbujas en el remolino de un torrente, y de vez en cuando estallan en silencio sin que deshagan familias ni descompongan hogares. Pero jamás transcurren del todo sin haber sido conmovidas por alguna pasión que las hace románticas y ndículas. A veces tras la aparente bobería de una de estas existencias, yacen restos de amores trágicos, de sucesos novelescos, se esconden abnegaciones de santas obscuras, martirios terribles y angélicos abandonos de todo egoísmo, ejecutados con silenciosa modestia. Otras veces esos corazones sueltan en su triste soledad recuerdos sencillos, inocentes memorias de roviazgos tontos, de coqueteos insulsos, y también hay almas de solteronas (acaso las más felices) que guardando sólo en el rincón polvoriento de las remembranzas los rostros arrugados de los padres, de los parientes viejos, el óvalo borroso de la hermaniJla á quien Dios se llevó muy joven, colocan junto á estas efigies de nuestros amados la imagen graciosa de algún gozque ladrador, de un lindo canario, de un gato beatífico y dormilón, pues en el desamparo de sus existencias yermas de cariño, las viejas adoran en el altar de sus recuerdos á los irracionales que fueron encanto de sus vidas frías y olvidadas. Una tarde de primavera conoció Doña Raimunda al ser misterioso que había de causarle la alegría y el dolor mayores de su vida. Estaba la huérfana asomada al balcón. De la calle subía estrépito de coches, niachaqueo de carros sobre las piedras del arroyo, rápido roce de pies ajetreados. Pero estos ruidos parecían lejanos á la de Celis, pues la acacia que rozaba el balcón, envolviendo á la señora en el aliento de sus flores, la transportaba á un país quimérico, ultraterrestre. De pronto, entre la espesura perfumada del árbol se movió, lento y cauteloso, un bulto verdeante. Al notario, Doña Raimunda abandonó el apoyo de la barandilla, y recordando vagas aventuras exóticas en que desaforadas serpientes intervenían como actores principales, sintió gran susto en su espíritu medroso. Pero la quietud á que habían vuelto las ramas, un instante estremecidas, apaciguó algo la zozobra de la huérfana, quien observando atenta la hojosa maraña, vio que el extraño objeto había desaparecido. Entonces volvió á acercarse al barandal, y sondeando la verdura con la vista, intentó descubrir al incógnito. Los ojos de Doña Raimunda escrutaban la acacia con curiosidad intensísima, cuando de pronto, de una de las ramas más altas descendió una voz extraña, áspera, ronca, que con el acento mecánico de un fonógrafo dijo: Bonita, bonita. Y antes de que la señora pudiera reponerse de la sorpresa causada por aquel piropo, unas alas batieron el aire, y con el revuelo pausado y solemne de un Espíritu 1