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usted por el correo era la contraria. Pero no hay que apurarse. Desgraciado en el juego, venturoso en amores. Aprovéchese usted del físico; saque usted interés á esos baúles de ropa fina; haga lo contrario de lo que ha hecho hasta aquí. Juan Cabal siguió el consejo de su Mentor. Era guapo, y había adquirido cierta elegancia cosmopolita en el roce con los príncipes y millonarios á quienes había desplumado. Pronto se le presentaron dos partidos: una millonaria excéutrica y desequilibradaá quien sedujeron las habladurías circulantes respecto á la suerte loca y á las hazañas de Juan Cabal en las grandes chirlatas de Europa, y una viuda, rica también, que comprendiendo las buenas cualidades que en el fondo poseía Juan Cabal y la necedad con que las había malogrado, le quería con ese amor maternal de las viudas, para quienes el segundo marido tiene algo de hijo ó de ahijado. Nuevas vacilaciones atormentaban el ánimo de Juan Cabal, quien vivía muy elegante del producto de algunas alhajas que había empeñado. Al fin, cuando ya no tenía más remedio que decidirse porque se le acababa el dinero, impensadamente recibió una carta por el interior. La letra era la misma de la carta recibida en Monte Cario. El contenido, igualmente lacónico, decía así: Cásate con la viuda. Juan Cabal, aplicando la lógica del Padre Eterno, pensó que, tratándose ahora de amores y no de juego, había que seguir la contraria. Se casó, pues, con la millonaria soltera. III En su matrimonio fué desdichadísimo; tanto, que el mal carácter y las veleidades de suniujer no se los endulzaron Jos millones. Al cabo de dos años se separó de ella, y como no quería pedirla nada, se dedicó á lo único qiie sabía hacer: fué croupier en varios círculos. Vivió malamente- recordando las dichas pasadas. Algunos jugadores que conocían su historia se hacían explicar por él la famosa martingala, que ya no salía nunca. Una noche, después d e dejar su turno, se dirigía, como de costumbre, á la reunión de croupiers que con el amo, el famoso Juan José, solía congregarse en la Cervecería Japonesa. Al salir del Círculo, uno de los porteros le entregó una carta. Juan Cabal, aburrido, no quiso abrirla. Al llegar á la cervecería m u ó el sobre. Era la misma letra misteriosa y desconocida. La perplejidad volvió á a. poderarse de su ánimo- ¡Bah! ¡Para lo bien que me fué leyendo las otras... -Y no la leyó. Al salir de la cervecería Juan José y toda su pandilla de croupiers y golfos bien vestidos, echaron á andar por la calle del Príncipe. En la plaza de Santa Ana les aguardaba un croupier á quien habían despedido por fullero. Se enredó de palabras con Juan José, sacó un (í rex ólver... y el tiro le atravesó el cráneo al infeliz Juan Cabal. AI registrarle el Juzgado, le hallaron en el bolsillo una carta que sólo decía; Vets derecho á tu casa. Nadie supo nunca de dónde nabía salido aquella carta. ¿Quiéa la escribió? ¿Quién escribió las otras? ¿Acaso no recibimos todos en nuestra vida tres cartas de las que no hacemos caso, y que contienen nuestro porvenir? EEMA: Q U E M P A T R O N U M DIlíUJOS DE HUERTA ROG- ATURUS (N Ú M E Í I O 26 DE NUESTRO CONCURSO DE CUENTOS FANTÁSTICOS)