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Aquella noche repitió la suerte en casa de Nogueras, en la- Peña, en el Militar, y después, en timbas de lo mas mmund. o, en chirlatas de cuartos. Era seguro, infalible. A las cinco de la mañana entró en Fornos, agachándose, por la puerta de la calle de Peligros. Allí le esperaba filosóficamente sentado ante los restos de una cena de dos pesetas el viejo de la barba níyea Por encima de ella resplandeció el rostro congestionado al ver á Juan Cabal. -Salió ¿eh -le dijo- -ilnfalible -contesto Juan Cabal- -Va- s a, pues me alegro o tanto que le d e u e h o a usted su cifra Comenzó usted por pedirme mil duros hi sm- le alargo cinco e aguas suntuosos dis locantes El Mejo ajo sobie la presa mando traer Champagne Juan Cabal organizo su campaní Bia rriL Ostende Spa Balen- para rematar y la suerte í l o n t e izarlo en la época de los glandes duqu s En tod- -i artes trataría que se formase la pina en contra suya, y consiguientemente de hacer saltar la banca. Así lo hizo, y pronto lo supieron todos los jugadores del mundo. García resucitaba. Era otro español j j que con una martingala de cinco golpes desharía todas las combinaciones posibles. El pánico reinaba en las bancas. A Niza llegó Juan Cabal con dos ó tres cocottes admiradoras ó asociadas. Jugó allí poco; se reservaba para Monte Cario. El fausto que desplegaba y su tontería y memez le valieron un mote: el rey de los rastacueros. En Niza se formó un trust de ingleses y rusos para resistirle cuando fuera á Monte Cario. Reuniéronse muchos millones. Al fin se decidió. Tras él fueron los del trust. Al entrar en el Casino de Monte Cario, un criado lleno de cordones de oro le entregó una carta de letra desconocida. Ea abrió curiosamente; decía sólo estas palabras: No juegues hoy. Sin firma ni sello. ¡Bah! -pensó Juan Cabal, -esto es una estúpida advertencia de algún jugador que me teme. Jugó, jugó toda la noche, y ni una sola vez dejó de quebrar la martingala. Perdió, pues, toda su inmensa fortuna. Al alba se halló sin un céntimo. Eas admiradoras también habían huido. La gerencia del Casino hizo lo de costumbre: repatriar paternalmente al perdidoso para evitar un suicidio más. Juan Cabal se halló de nuevo en Madrid, sin más capital que diez ó doce baúles de ropa fina. Eo primero que hizo fué buscar al Padre Eterno. Ee encontró otra vez muy mal de cuartos y de aspecto, pero con un caudal de filosofía mucho mayor. -No me extraña eso. Eas cartas son cartas, y como tal hay que tratarlas y temerlas. Esa que recibió