Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
U S TRES CARTAS MISTERIOSAS U i ÑAS veces soñando, óotras despierto, Juan Cabal liabía oído creído oir una voz misteriosa qne le decía: en tres cartas está tu perdición ó tu fortuna. Y Juan Cabal se había lieclio supersticioso coBlQrun gitano. A ello le inducía todo: la debilidad de su cacumen, su falta de carácter y de iniciativa y otras razones. Es muy digijo d e observarse que sean indecisos é irresolutos precisamente, ó los hombres de gran talento ó los- sandios y simples. Yo era muy amigo de Juan Cabal: le estimaba como se estima á un cuadro, mueble ú objeto adventicio que se encuentra uno con frecuencia y que para nada sirve. Sucede esto comunmente, 3 -si analizáramos el fundamento que tienen la mayor parte de nuestras amistades y relaciones, quizás no le encontraríamosinás sólido. ¿Por qué le toma uno afecto á un trasto viejo, á una fea cadena de reloj ó á un bastón de ébano cuyo puño es u n a cabeza de galgo con las orejas gachas y los ojitos de cristal? Todas estas cosas prosaicas y feas debía. n producirnos indiferencia ó, en todo caso, lástima; son objetos que lloran su m ala suerte, la poca gracia con cj ue han sido fabricados; p bien el asunto, sus lágrimas ¡1) no tienen fundamente justo y lógico. Les pasa lo mismo que á esos pobres pedigüeños que, sacándose al día seis ó siete pesetas de limosna, siguen con la queja en los labios sin cesar y hasta tienen la desvergüenza de pedir orn ayuda de un panecillo á un trabajador, de quien sabeír que gana ocho ó diez reales. Pero vuelvo á m i Juan Cabal. Supersticioso como un gitano j a creo haber dicho que era, y entre gitanas, sonámbulas, agoreros y nigrománticos, se le sorbieron el escaso caudal que sus padres le habían dejado. Los dos últimos miles de reales que le quedaban se los llevó un viejo bi. gardo que solía andar manejando el sable entre la Peña y el Casino. Era un antiguo jugador de oficio á quien por lo blanco y lo copioso de su barba llamaban el Padre Eterno. -Tengo un secreto, joven- -le dijo metiéndole entre cejas y nariz una mirada terrible, -que lo vendería por mil dtrritos nada más. Por menos, no, porque con mil duritos ahora mismo me arreglaba la ropa, sacaba de empeños dos brillantes que tengo como avellanas para los dos dedos meñiques, y me marchaba á poner banca en la feria de Córdoba, donde se talla de buten. El Padre Eterno había calculado mal en la suma, porque á J u a n Cabal sólo le quedaban quinientas pesetas calvas. En fin, áf uerza de palique, el hombre se contentó con los dos mil reales y reveló su secreto á Juan Cabal. Era simplemente una martingala de números, colores y pintas de cartas que, según su inventor, servía para el bacarrat, para el treinta y cuarenta, y mediante una ingeniosa combinación de cifras, para la ruleta. Pero Juan Cabal no era enteramente tonto. -Eso es menester probarlo, -dijo. -Bien, pruébelo usted, -contestó el jugador de la barba venerable, con un aplomo verdaderamente mayestático. Juan Cabal subió al Casino y dio cinco golpes á diez duros, por no arriesgar mayor cantidad. El resultado fué infalible: seiscientos veinte duros entraron eu su cartera. La combinación era sólo de cinco golpes á la dobla; claro está que el asunto era hacer u n a pelota de importancia y saltar dos ó tres bancas famosas. El propio fantasma legendario de García surgió vomitando oro y billetes ante los asombrados ojos de J u a n Cabal.