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líl cruce de los lugares tristes y dolorosos, horribles á la vista y á la memoria. El recuerdo de las selvas atravesadas durante la última jornada, viendo los huesos de las legiones rotas de Varo seis años antes; los árboles teñidos en sangre; la funesta obscuridad ambiente; la tierra húmeda y roja, y junto á los restos que blanc ucaban la cam if! a, pedazos de armas, huesos de caballo, cabezas de hombres ensartadas en troncos; los altares donde degollaron á los legados; las piras donde cjuemaron los centuriones; las horcas levantadas para los cautivos; y todo visto por el eiército con Acampábamos en Cuba en un desfiladero donde meses antes habían macheteado tres compañías, lugar el Cacao. Me tocó, llevando la vanguardia, ver primero el campo de horror, salpicado de huesos y cráneos esparcidos, de sombreros ensangrentados, de prendas, zapatos y correajes deshechos. Dimos sepultura, acaso por igual, á aquel montón de huesos de propios y extraños. Muy cerca de la zanja y del túmulo que sirvió de sepulcro acampé con mi gente, por habernos sorprendido la noche en la faena. De. staqué, al mando de un soldado experto, un pelotón de hombres al otro H los oíos atónitos de horror j- con la explicación de los escasos veteranos que escaparon al desfistre. Como una poderosa influencia magnética pesaba sobre todos el trágico cuadro de la víspera... De pronto, de la tienda del caudillo salió el propio Cecina sin casco, con la túnica desceñida y espada en mano, dando voces. Seguíale e! cuerpo ensangrentado de Quintilio Varo, sucio del lodo de los pantanos, seguido de buen número de logados decapitados, de centuriones cubiertos de llamas tratando de atraer á Cecina y de arrastrarle á los campos de rufitanza... Se oyó distinta la voz trémula de Varo llamando, y vieron todos claro el ademán de Cecina rc; -liazando la mano que se le tendía. Un alarido forinidable y un estruendo de arnms (pie chocan, de amuchedumbramiento, siguió instantáneamente á la visión del caudillo. Se apagaron en las cumbres? as hogueras; enmudecieron los cantos y alaridos de los bárbaros ante la conmoción del campo romano, y entre el silencio j- la sombra sólo era perceptible un pelotón informe erizado de picas y de espadas semejante á un inuienso mon. struo que castañeteaba cientos de miles de dientes y respiraba anheloso en la obscuridad enmudecida y trágáca. Vuelto el día, vióse que todo el campo, incluso los velites, habían abandonado sus puestos para apelotonarse. Cecina, densamente pálido, pero con aquella tranquila apariencia que le daban su valor y sus cuarenta años de guerra, ordenó de nuevo sus legiones y dejó el campamento para derrotar á Arníinio y conseguir uno de los triunfos que más alabó Germánico. Tácito menciona de pasada el hecho en sus anales. No deja de merecerme la incertidumbre que me mereció en otra ocasión uno de mis más bravos soldados. lado del arrovuelo vecino al lu ¿ar que me servía de campamento y avanzada. Dormí inquieto por el triste espectáculo y por la fatiga del día. No jjuedo precisar lo que pasó, ni lo pude precisar entonces. A media noche me despertó sobresaltado un estruendo indescriptible. Salté de la hamaca y fui con el resto de la gente á reforzar la avanzadilla. Allí escuché incrédulo el relato de los soldados cine, azorados, decían haber visto salir del montón de muertos los hombres macheteados del 6.o Peninsular y llamarles repetidas veces en las sombras. Quedé reforzando la avanzadilla, y antes desvelados que vigilantes, esperamos el día. Disponíame á reprenderles, cuando la incertidumbre ahogó mi amonestación. Algo anormal y fuera de toda realidad había ocurrido. El arroyo que habíamos eleg- ido á vanguardia quedaba á nuestra retaguardia, y el túmulo que cerraba la zanja habíase volcado y esparcido sobre la margen del río. Todos nos miramos enmudecidos de asombro. Hubiéramos jurado que nadie pasó el río. l i e vuelto en la paz á repasar los anales de Tácito. Lo que desde el tranc uilo sillón del gabinete me parecía absurdo, en la guerra aprendí á encontrarlo natural. Más allá de la vida, en ocasiones, el corazón os lleva sobresaltado, y en su galope os muestra el espacio donde labora el inconsciente: el mundo del misterio. Para ver la intensidad de la vida es preciso asomarse á la muerte. Del lado de ella viene el soplo de lo intenso; y es ese mismo soplo el cjue os invade cuando realizáis algún sacrificio. instruid la cabeza en la paz, y desdeñad, si queréis, lo sobrenatural; pero dejad c ue en la guerra os hable el corazón y os traduzca á solas el lenguaje de lo desconocido. RICARDO DIBUJOS DE C. VÁZQUEZ BURGUETE