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tidas: un obispo acompañado de su familiar; el uno morado, el otro negro, y ambos suaves y dulces, llenos de cariñosa piedad. I, a estupefacción fué general y unánime. Nadie le contestó palabra, concluyendo el asombro de atarlas lenguas, que ya anudaba el terror. Pero el prelado no esperó la respuesta El movi nieuto de los jornaleros había dejado al descubierto al enfermo, y el buen pastor comprendió en seguida lo que acontecía. -Ese hombre está atacado del cólera. Pero si se le deja así se va á morir, cuando quizá puede salvarse. ¡Pronto, á escape! Uno de ustedes avise al cochero que se acerque, y usted, González, haga el favor de ayudarme á llevar á este desgraciado al lando. ¡Animo, hijo mío! Eso no es nada. ¡Valor! A ver. ¡Incorpórese un poquito! ¡Ajajá... Muy bien. Ahora cójase del cuello de mi familiar y del mío. Así, sin esciúpulos ni temores. En un periquete, y en mi carruaje, á la Casa de socorro. Era una cosa subfime que acabó de aplastar á los obreros. A la vez que hablaba el obispo con sencillez, con naturalidad, sin- verse, sin dar importancia á lo que hacía, habíase acercado al obrero, le había estrechado una mano, le había palpado la frente, le había incorporado en el suelo, sin miedo al sudor que llevaba la muerte en sus gotas y al vómito que de cuando en cuando le rociaba y que podía significar el contagio, sin pedir á ningún camarada del enfermo el sacrificio de su ayuda. ¡Quién sabe si eran casados, si tenían hijos ó madre á la que mantener! Reclamando sólo la del familiar, como él consagrado á la abnegación, concluyó por hacer sentar al atacado sobre sus manos y las del capellán unidas á la sillita de la reina, mientras el atacado, en la posesión de su juicio, se dejaba conducir como un niño, con unos ojos muy abiertos, en los cuales, entre las brumas del espanto y las irisaciones del dolor, se reflejaba el asombro y como la vergüenza de verse asistido y tal vez salvado, en medio de la cobardía de sus compañeros, cobardía humana y explicable, pero cobardía al fin, por aquel extraño á quien en momentos de calma hubieran quizás mirado- con ira sus ojos utópicos. El santo ejemplo animó á aquellos hombres aterrados. Volvieron en sí, y todos á una prestaron sus fuerzas á la piadosa conducción. Nadie se acordaba ya de la peste. I, a hermosa fraternidad humana, que no reconoce jerarquías, imponíase decididamente. Y de tal modo, el enfermo pudo ser izado en el acto al carruaje allí cerca apostado, con su galoneado auriga y su lacayo, llave de portezuela en mano, acomodándose al atacado en los almohadones, entre el prelado y su familiar, que no dejaban de prodigarle frases de consuelo. ¡Ea! M u y 3 Íen. A la Casa le s o c o r r o ¿Dónde está? -Doce voces á un tiempo: -En la calle de- Santa Úrsula. -Pues andando. ¡Gracias por todo, hijos míos, y que Dios os lo pague! Una mano blanca con una amatista en un dedo que asoma por la ventanilla, lanzando sobre las cabezas de los obreros la bendición episcopal; una cosa invisible, pero de amor tan grande, que hace echar al aire todas las gorras, descubrirse todas las cabezas é inclinarse todas las frentes. DIBUJO; DE ESTEVAN ALFONSO P É R E Z NIEVA