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E: IV JLOi pTsTABA la cuadrilla tendiendo un cable para la luz eléctrica en la zanja abierta en el andén de aquella desierta avenida del ensanche, sudando pez en la atmósfera caliginosa de un pesado día canicular que abrumaba. Dos hombres quitaban á martillazo limpio las tapas de madera del enorme carrete á que se hallaba arrollada la culebra de alambre, y esperando el instante de empezarla á distender, seis ú ocho obreros más aguardaban en corro rodeando á los que trabajaban. La actitud del grupo era sombría, no cruzándose entre los jornaleros las bromas, los dichos, las carcajadas con que habitualmente amenizan la faena; muy al contrario, los curtidos semblantes macilentos revelaban honda preocupación. Nadie hablaba. Uno de los que martillaban, tipo achulado y bravucón, soltó de pronto la herramienta, y encarándose con un chico que formaba parte del corro, le gritó, nombrándole con el apodo del arroyo: -Venga el botijo. Mangas, aunque me dé ahora mismo el cólera. El otro martillo también cesó en su porraceo, solicitado por la misma imperiosa necesidad de la sed, y calmada el ansia de los dos hombres, el segundo añadió limpiándose las fauces con el dorso de la manó: -Y que hoy va á sacudir de lo lindo, porque esta mañana, al venir al trabajo, ya me encontré yo dos casos que llevaban al Hospital. lya epidemia arreciaba, en efecto, por aquellos días en la población, esgrimiendo como siempre su ciega ó loca guadaña, que lo mismo siega familias y barrios enI teros que mata una acera de una calle, respetando la otra y riéndose de laSiacometidas de la higiene tardía y di ordenada, impuesta á última hora á la fuerza, y por tanto, con más aparato que eficacia. lyos semblantes sombríos y el mutismo de los obreros revelaban con harta elocuencia el ambiente en que la ciudad vivía. Fijándose bien, habríase descubierto en cada cual la mirada de soslayo y con disimulo al compañero, el temor de que de pronto fuera atacado el camarada, el propósito oculto de huir de él en el acto. Era la peste en su etapa más horrible, la del pánico ante el convencimiento de la muerte inmediata, la del desapoderado amor á la vida. El obrero que primero había bebido, y que en la actitud y en el acento, quizás sin quererlo descubrir, dejaba escapar un cierto énfasis de superioridad sobre sus compañeros, empezó á despotricar, á soltar por su boca cínica todo un jigote mal guisado y peor digerido de utopias y de lugares falsos aprendido en libelos venenosos y redentores. ¡Pobres de los pobres, que estamos pagando el pato de veras! ¡Qué pocos ricos caen! Porque ellos mucho predicar la caridad cristiana y condenar el abandono, pero maldito si se les ve el pelo por parte alguna. Los que no se lian najado, se aislan para no contagiarse. -Nosotros no chillamos tanto y hacemos más. -Nosotros nos ayudamos mutuamente. -Nosotros no huímos. Nosotros... El odio de clase, excitado por la cruenta lucha con la muerte, brotó con triste unanimidad en el grupo obrero, á la par que se cantaba á sí propio sus virtudes cívicas en estridentes palabras, que en la atmósfera de lumbre del día parecían incandescer al volar por el espacio. El martillo volvió á tomar la voz, el corro entró en t u m o una vez destapado el carrete, y las doce ó catorce manos se dispusieron á tirar del cable. Fué una cosa horrible que produjo el efecto de una detonación inesperada, dejándolos á todos inmóviles y sin voz. De pronto, el obrero que así manejaba la lengua como el martillo, se puso muy pálido, se desencajó enteramente, y mientras se le caían los brazos á lo largo del cuerpo, echóse á temblar, y con los ojos hundidos y el terror en el semblante exclamó desplomándose: -Me pongo m u y malo. Por todas las frentes pasó el relámpago de un mismo pensamiento. Aquel hombre tenía el cólera, acababa de ser atacado, y por las señales, de un modo fulminante, gravísimo. En el grupo de obreros, reforzado por otros camaradas que acudieron en seguida, hubo un tumultuoso revuelo de aturdimiento, pasado el primer instante de estupor. ¡Un médico! ¡A escape! Avisar á la delegación, á la Casa de socorro, ¿ue vengan á recogerlo! Varios jornaleros salieron á carrera tendida. Pero mientras, á nadie se le ocurrió lo más breve y sencillo, ó si se le ocurrió, nadie dio un paso para ejecutarlo: cargar con el enfermo. Alguna palabra para animarle, y nada más. El miedo al contagio paralizaba á aquellos hombres, convirtiéndolos en estatuas, agarrotándoles los brazos y el corazón, consintiendo que contemplaran al moribundo sus hermanos de trabajo sin prestarle un auxilio que quizás, siendo rápido, significaba la salvación de su vida. Y sudaban, sudaban más que antes, ya no por la mañana bochornosa, sino de pavor. De pronto, una voz dulce, cariñosa, que con sólo su timbre parecía llevar consuelo, exclamó á espaldas de los obreros: ¿Qué pasa aquí, señores? Volviéronse todos con presteza, y vieron ante ellos dos figuras que se habían acercado sin ser sen-