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aparecer demonios negros y cornudos, moviendo espantables rabos y pronto á hincarle en las carnes el agudísimo tridente. ¡Por piedad, mis nobles señores! -suplica el viejo avaro. Pero no, no le engañan. Es el alma la que debe abrasarse en el fuego, no la materia. El, sin duda, por gracia especial, tendrá cuanto desee. ¡Cómo ríen al decirle esto! El posadero quiere ser rico, muj rico. Sus acompañantes toman á asirle, y emprenden la marcha entre la multitud. -Vamos á tu palacio, -le han dicho. -Y el avaro Fritz camina contento. Al llegar frente al pórtico de mármol negro, se detiene sobrecogido. ¡Aquéllo es suyo! Cien caballeros han salido á recibirle é inclinan sus frentes ante el poderoso señor de la morada. Fritz comprende el orgullo. En la primera estancia, un grupo de hermosas mujeres brinda á sus labios marchitos mejillas amasadas con nieve y rosas, se rinden á sus pies y se le ofrecen por esclavas. El avaro siente el acicate de la pasión; en su alma ruin se agita el deseo. Unido á sus guardianes cruza las anchurosas cámaras donde las mesas gimen al peso de la vajilla de metales preciosos; las copas tienen ambarinos reflejos; las viandas humean. La gula se despierta en el viejo posadero, que camina, camina llevado por irresistible impulso, valorando in mente los suntuosos tapices, las telas riquísimas, los muebles admirables: todo aquello que es suyo... ¡Suyo! ¡Con qué delicia lo repite! Lo que más deseaba, llega. Jamás ha sentido Fritz el avaro placer igual al que le proporcionan los chirridos de las mohosas cerraduras. Caen pesadísimas barras; los candados enormes se abren; la puerta gira; el santuario de la riqueza se halla franco. Fritz contempla, mudo de asombro, el inmenso montón de monedillas de oro que parece tocar al cielo. ¿Cuánto hay allí? ¡Quién sabe! ¿Y aquello es para él? Sus acompañantes contestan: ¡Pero es preciso que lo cuentes! Lo hará, sí, y pronto. Sus manos huesudas se hunden en un abismo de oro y com. ienzan á apilar monedas. ¡Una... dos... tres... cuatro... cinco... Pasan las horas; Fritz ha contado un millón y quiere descansar. Relumbran sus ojillos con insano goce. Las palabras que dirige á los que le han proporcionado tanta dicha no pueden ser más tiernas para el corazón de un avaro saldrán de allí, le ayudarán á correr barras y cerrojos, y él será agradecido; ¡oh, sí! les dará una linda moneda de oro. Los enigmáticos personajes ríen. Señalando el montón, responden: ¡Cuenta! Fritz obedece. Sus dedos tiemblan; ha contado millones y está rendido. Quiere ver á los nobles cabañeros que le saludaron humildes; gustar los manjares de la espléndida mesa; aplaudir las danzas de las es clavas; besar los labios de carmín de la favorita. Ordena, maldice, llora suplicante. Una voz inflexible le dice: ¡Cuenta! El viejo avaro comienza otra vez la tarea. ¡No podrá disfrutar de lo que le pertenece! El orgullo y la gula, la lujuria y la ira se sobreponen á la pasión que maese Fritz siente por el oro. Quiere huir, resistirse. ¡No tocará ni una moneda más! La voz replica: ¡Cuenta! Fritz se doblega. Una voluntad más fuerte que la suya le hace acercarse de nuevo al inagotable caudal. Comprende que se halla unido para sienipre á su inútil riqueza; que aquel antro siniestro no es lugar de, delicias, como creyó al ver colmados sus anhelos; qué él, como todos los que se encuentran allí, está obligado á cometer por toda la eternidad la misma culpa que le hizo perder la salvación. Sus dedos están destrozados, sus uñas rotas. La sangre se mezcla con el oro, empañando su brillo. Intenta rebelarse; grita, se retuerce; las relucientes monedas abrasan, se pegan á la piel rugosa del avaro, arrancan pedazos de su carne. Un fuego interior le roe el alma. Le aterra el castigo, y pide perdón. La voz repite inexorable: ¡Cuenta! Y sujeto al mandato de Aquél que premia ó castiga los hechos del hombre sobre la tierra, el posadero Fritz, por los siglos de los siglos, cuenta su tesoro. LEMA: ¡CLAVELES! DIBUJOS DE REGIDOR (NÚMERO Z 5 DE NUESTRO CONCURSO DE CUENTOS FANTÁSTICOS)