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KXv YJLRO N la cocina del posadero Fritz la Immbre se ha apagado. Las buenas hadas uo tejen ya en el bosque guirnaldas de mirtos. La noche llega: con las sombras, las risueñas ninfas de cabelleras de oro y pupilas de esmeralda se ocultan en el fondo de las misteriosas grutas, donde los gnomos diminutos construyen palacios de pórfido, ó en los alcázares de nácar y espumas qtie guarda el río bajo sus aguas cristalinas. Envueltos entre los pardos jirones de la niebla se deslizan los espectros sombríos, que atormentan al hombre y turban su sueño. El viento sopla con furia, los arrastra por los solitarios caminos. Jos dispersa, estrellándolos contra las rocas, contra los salientes de los muros, sepultándolos en las obscuras chimeneas, donde el fuego del hogar los achicharra, y mueren dando silbidos cavernosos. ¡En la cocina del posadero Fritz la lumbre se h a apagado! La casa se eleva en la llanura desierta. El viento ruge y conmueve los ruinosos paredones, tras de los cuales los fantasmas encuentran asilo. La vieja muestra de la posada ha emprendido locos bailotees y gira chirriando sobre el garfio de hierro que le sirve de sostén. En el corral el mastín ladra con cólera, sacudiendo las púas de su carlanca. Tiemblan los vidrios amarillentos entre los listones de las ventanas pintadas de azul. Los trasgos espantables huyen por la chimenea sin humo, sin fu- eo que les asuste, y sobre las frías cenizas del llar celebran su misterioso conciliábulo. En el fondo del cuartucho miserable, el posadero Fritz agoniza rodeado de los suyos. El candil humoso, sujeto á una grieta del muro, alumbra el cuadro. El corazón del viejo cuenta con su tic- tac monótono los instantes que restan de vida á Fritz el avaro. A lo lejos canta el buho agorero. El viento sopla cada vez con más ímpetu. El macizo portón de la casa se abre con estrépito. Un huésped llega. En aquel punto Fritz repite al m a y o r de sus hijos, que vela su agonía: ¡Ko des lim o s n a á los pobres! El recién llegado p a r e c e mozo y caballero. Viste roja i opilla, y el joyel de granates que adorna su caperuza s o s t i e n e una pluma de g a l l o que se yergue orgullosa. Bajo la capa le asoma rabitiesa espada. Se acerca cojeando al hogar y pide que le sirvan. Sopla los apagados carbones, y con su aliento resurge la llama. Cuando uno de los hijos del posadero acude, retrocede santiguándose. Junto á la mesa donde dejó al caballero, hay dos hombres iguales. Diríase que el uno es la sombra del otro; tienen idéntica apostura, el mismo traje, igual pluma de gallo meciéndose prisionera en el joyel de sus gorras. El viento ha roto una de las estrechas ventanucas de la posada y por allí entró, sin duda, el nuevo visitante. El posadero Fritz balbucea entre roncos estertores; ¡Si alguien te debe, hazle vender la propia carne para pagar su deuda! ¡No perdones jamás! ¡Jamás! Lanza el mastín lastimeros aullidos. Los que rodean al avaro piden socorro. Los dos viajeros se acercan lentamente, alzan el cuerpecillo enteco y ruin del agonizante; la calva cabeza cae hacia atrás pesadamente. El posadero Fritz ha muerto. Los herederos ocultan el rostro entre las manos temblorosas. Al mirar de nuevo, observan con terror que el cuerpo de su padre no se halla ya en la cama y que los dos desconocidos huyeron sin dejar rastro. Caen de hinojos, y en aquella noche de horror los hijos del posadero Fritz lloran angustiados ante el lecho vacío. Fritz vuelve poco á poco á la vida. Se siente arrastrado al través de las campiñas frondosas de los risueños valles. Las montañas huyen bajo sus pies; escucha el mugido bronco de los torrentes, el rumor de ios árboles del bosque, que inclinan sus copas con grave cabeceo. El aire le azota la cara; dos garras vigorosas han asido sus brazos y lo llevan no sabe dónde. ¡No importa, nada teme! ¡Su oro quedó tan oculto, que ni sus propios hijos sabrán encontrarlo! Cuando abre los ojos, la luz le ciega, le deslumhra. El avaro Fritz cree ser juguete de un sueño. Se halla en una gran ciudad que no conoce. Las cúpulas de sus palacios de jaspe brillan al sol. Pasan soberbias carrozas; los caballos llevan gualdrapas recam. adas de piedras. A lo lejos se oyen rumores de alegre trompetería. Hermosas damas, cabalgando sobre nobles alazanes, cruzan precedidas de farautes y heraldos revestidos de casullas de oro que bordaron en sedas manos primorosas. Las corazas de los caballeros lucen como bruñida plata. Y lo que extraña á Frizt es que sin conocer á nadie, todos los que se atraviesan en su camino le saludan como viejos camaradas. Junto á él los dos últimos viajeros de su posada le contemplan burlones. Maese Fritz pregunta dónde está, y asombrado oye que le contestan: ¡En el Infierno! ¡No, no es posible! ¡Los buenos hidalgos quieren mofarse de un pobre posadero! El oyó siempre hablar de horrendas lagunas donde hervía el aceite. Mil veces en sus horas de remordimiento vio