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Loa iDalinoclia de un asfrólogo p OR ser á veces los hechos pequeños é insignificantes en apariencia muy á propósito para conocer el estado social de los pueblos y su cviltura, merece i efenrse uno cjue aconteci (S en el año 1766, prueba elocuerite de lo ridículo que era entonces el absolutismo de nuestros ministros y de la ignorancia en cjue vivía gran parte de la nación. Ki famoso D. Diego de Torres Villarroel, uno de los escritores más ingeniosos que hubo en su tiempo, pero también uno de los personajes más estrafalarios que se han conocido, alternaba sus fantasías de alquimista y sus explicaciones de matemáticas con la publicación de libros, unos chispeantes de gracia, y otros que sólo tenían por objeto vivir á expensas de la necedad del vulgo. De los segundos eran sus Pficatores, almanaques llenos de pronósticos, no ya de nieves, lluvias y restantes fenómenos meteorológicos, sino de mil sucesos prósperos y adversos que debían ocurrir en el año, cuidándose muy bien de anunciarlos en términos anfibológicos y dignos de la Pitonisa de Delfos. A estas inocentes farsas para ganarse la mantetiencia daba mucho crédito la plebe, y Torres Villarroel, según él misnro refiere en su autobiografía, era tenido en concepto de hombre extraordinario y casi inspirado por buenos ó malos genios. En el año 1766, por casualidad, como dice la fábula, Torres y su sobrino D. Isidoro Ortiz habían acertado á escribir en el correspondiente Piscator las siguientes palabras; La situación general del orbe político se registra con raras revoluciones que sorprenden los ánimos de muchos. Un magistrado cjue con sus astucias ascendió a l o alto del valimiento, se estrella desvanecido, en desprecio de aquellos que le incensaban. Prepáranse embarcaciones que tendrán venturosos passages. Un ministro es depuesto por no haber imitado en la justicia al significado del enigma. Ciertos genios turbulentos trastornan una Corte; pero algunos son condenados á muerte. Un personaje bien visto de la plebe no se rehusa de entrar en un negocio por el bien del público; pero le cuesta entrar en el significado del enigma. Poco después de publicado esto se alzaba el pueblo madrileño contra Esqvrilache en el célebre motín ocasionado por la prohibición de capas largas y sombreros redondos, y el vulgo, supersticioso como siempre, vio cumplida la profecía ele Torres; los ciegos se desgañitaron anunciando El gran Piscator de Salamanca, que se lo arrebataban de las manos, y en pocos días el librero Bartolomé Ulloa, quien por cíen doblones había adquirido la propiedad del libro, vendió toda la edición y aceleradamente imprimió la segunda. I Uego que se restableció el orden en la capital, D. Pedro Rodríguez Campomanes, Fiscal del Consejo de Castilla, quien como Floridablanca opinaba que no hay cosa peor que elfanatismo, emprendió una tenaz campaña contra los Piscatores, exigiendo responsabilidades á Torres y á Ortiz; éstos discixlparon sus anuncios con las exigencias de la pobreza, ya que el primero contaba nada menos que quince sobrinas, huérfanas unas y todas desvalidas, y seis sobrinos, cuj- a numerosa familia mantenía con los P iscatores, de los cuales tenía preparados un buen número para los años sucesivos; y añadía el buen Torres en un escrito dirigido á Campomanes: Yo, que no tengo otro adbitrio para mantenerme, pues la Universidad y la cáthedra, después de treze años de asistencia y de haver gastado ocho mili reales en graduarme, me vale sólo setezientos reales anualmente, he impreso mis Almanakes huyendo siempre de parezer astrólogo, y así sólo he tirado á llenar los huecos de las lunas con algunas coplillas que diviertan é instruyan; con todo, si á V. S. le pareziere, en la pág. 51 se pueden cubrir con papel y engrudo los dos renglones que van textados, hazíendo lo mismo en lo textado en la pág. 57 y en las demás partes que V. tí. gustare; pero